jueves, 31 de octubre de 2019

Bar de esquina.


Se comprime el bar en la esquina
De unas calles muy populosas,
Y el gran estrépito del tráfico
De velocidad a la hora,
Que en el bar -son las dos, las tres-
Corre tanto que no se nota:
Ocios, negocios, hasta luego,
Carreras de caballos, hola...
Y con gracia la vida va,
Mortal inagotable, corta.

Jorge Guillén.

martes, 29 de octubre de 2019

En el lago.


Por la ciudad callada el niño pasa.
No hacen ruido las voces, ni los pasos.
Es un niño pequeño en su bicicleta.
Atraviesa la calle majestuosa, enorme, cruzada por los lentos tranvías.
Y sortea carruajes, carros finos, cuidados.
Y va suavemente con las manos al aire,
casi dichoso.
De pronto, ¿qué? Sí, el gran parque
que se lo traga.
¡Cómo pedalea por la avenida
central, rumbo al lago!
Y el niño quisiera entrar en el agua,
y por allí deslizarse, ligero sobre la espuma.
(¡Qué maravillosa bicicleta sobre las aguas,
rauda con su estela levísima!
¡Y qué desvariar por las ondas, sin pesar, bajo cielos!...)
Pero el niño se apea junto al lago. Una barca.
Y rema dulcemente, muy despacio, y va solo.
Allí la estatua grande sobre la orilla,
y en la otra orilla el sueño bajo los árboles.
Suena el viento en las ramas, y el niño se va acercando.
Es el verano puro de la ciudad, y suena el viento allí quedamente.
Sombras, boscaje, oleadas de sueño que cantan dulces.
Y el niño solo se acerca y rema, rema muy quedo.
Está cansado y es leve. Qué bien la sombra bajo los árboles.
Ah, qué seda o rumor... Y los remos penden, meciéndose.
Y el niño está dormido bajo las grandes hojas,
y sus labios frescos sueñan..., como sus ojos.

Vicente Aleixandre.

viernes, 25 de octubre de 2019

Bajo la luz primera.


Porque naciste en la aurora
y porque con tu mano mortal acariciaste suavemente la tenaz piel del tigre,
y porque no sabes si las aves cruzan hoy por los cielos o vuelan solamente
en el azul de tus ojos,
tú, no más ligero que el aire,
pero tan fugaz en la tierra,
naces, mortal, y miras
y entre solares luces pisando
hacia un soto desciendes.

Aposentado estás en el valle.
Dichoso miras la casi imagen de ti que,
más blanda, encontraste.
Amala prontamente. Todo el azul es suyo,
cuando en sus ojos brilla el envío dorado
de un sol de amor que vuela con alas en el fondo
de sus pupilas. Bebe, bebe amor.
¡Es el día!

¡Oh instante supremo del vivir! ¡Mediodía completo!
Enlazando una cintura rosada, cazando con tus manos
el palpitar de unas aves calientes en el seno,
sorprendes entre labios amantes el fugitivo soplo de la vida.

Y mientras sientes sobre tu nuca lentamente girar la bóveda celeste
tú estrechas un universo que de ti no es distinto.

Apoyado suavemente sobre el soto ligero,
ese cuerpo es mortal, pero acaso lo ignoras.
Roba al día su céfiro: no es visible, mas mira
cómo vuela el cabello de esa testa adorada.

Si sobre un tigre hermoso, apoyada, te contempla,
y una leve gacela más allá devora el luminoso césped,
tú derramado también, como remanso bordeas
esa carne celeste que algún dios te otorgara.

Águilas libres, cóndores soberanos,
altos cielos sin dueño que en plenitud deslumbran,
brillad, batid sobre la fértil tierra sin malicia.
¿Quién eres tú, mortal, humano, que desnudo en el día
amas serenamente sobre la hierba noble?
Olvida esa futura soledad, muerte sola,
cuando una mano divina cubra con nube gris el mundo nuevo.

Vicente Aleixandre.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Mediterráneo. (Versilla)



Sobre la playa de este mediodía,
Arena o luz con oleaje denso,
Al sol que es ya cruel un indefenso
Casi-desnudo busca y se confía.

La dama ofrece entonces su armonía
De salud y hermosura en un incienso
De culto al dios solar.
-Y mientras, pienso como yo a tanta fe respondería-.

Siempre feliz, el cuerpo da señales
De la atención muy tensa que los rayos
Desde el cenit consagran a la hermosa.

Inmóvil, ella acepta las brutales
Caricias de este cielo como ensayos
De un amor mitológico a una diosa.

Jorge Guillén.

lunes, 21 de octubre de 2019

La memoria quisiera.



La memoria quisiera con sus redes
Salvarnos eso que se nos escapa,
Casi deshecho por continua zapa,
Abismo abajo, pútridas paredes.

Todo se descompone. Tú no puedes,
Memoria infiel, guardar tras esa capa
De mendigo tus joyas, y en un mapa
De remiendos concluyen tus mercedes.

Algo flota, por fin, contra el olvido
Que sin cesar rehace su marea
Con su reiteración de rollo lento.

En la orilla se yergue un conmovido
Náufrago de alta mar. Dice, jadea,
Algo evoca su voz. Si fue, ya es cuento.

Jorge Guillén.

viernes, 18 de octubre de 2019

Anillo III.


Gozo de gozos: el alma en la piel
Ante los dos el jardín inmortal,
El paraíso que es ella con él,
Óptimo el árbol sin sombra de mal

Luz nada más.
He aquí los amantes
Una armonía de montes y ríos,
Amaneciendo en lejanos levantes,
Vuelve inocentes los dos albedríos...

¿Dónde estará la apariencia sabida?
¿Quién es quien surge? Salud, inmediato
Siempre, palpable misterio: presida
Forma tan clara a un candor de arrebato.

¿Es la hermosura quien tanto arrebata,
O en la terrible alegría se anega
Todo el impulso estival?
-¡Oh beata furia del mar, esa ola no es ciega!-

Aun retozando se afanan las bocas,
Inexorables a fuerza de ruego.
-Risas de Junio, por entre unas rocas,
Turban el límpido azul con su juego-.

¿Yace en los brazos un ansia agresiva?
Calladamente resiste el acorde.
-¿Cuánto silencio de mar allá arriba!
Nunca hay fragor que el cantil no me asorde?-

Y se encarnizan los dos violentos
En la ternura que los encadena.
-El regocijo de los elementos
Torna y retorna a la última arena-.

Ya las rodillas, humildes aposta,
Saben de un sol que al espíritu asalta.
-El horizonte en alturas de costa
Llega a la sal de una brisa más alta-.

¡Felicidad! El alud de un favor
Corre hasta el pie, que retuerce su celo.
-Cruje el azul. Sinuoso calor
Va alabeando la curva del cielo-.

Gozo de ser: el amante se pasma.
¡Oh derrochado presente inaudito,
Oh realidad en raudal sin fantasma!
Todo es potencia de atónito grito.

Alrededor se consuma el verano.
Es un anillo la tarde amarilla.
Sin una nube desciende el cercano
Cielo a este ardor. Sobrehumana, la arcilla.


Jorge Guillén.

martes, 15 de octubre de 2019

La clase.


Como un niño que en la tarde brumosa
va diciendo su lección y se duerme.
Y allí sobre el magno pupitre
está el mudo profesor que no escucha.
Y ha entrado en la última hora un vapor leve, porfiado, pronto espesísimo, y ha ido envolviéndolos a todos.
Todos blandos, tranquilos, serenados, suspiradores, ah, cuán verdaderamente reconocibles.
Por la mañana han jugado,
han quebrado, proyectado sus límites, sus ángulos, sus risas, sus imprecaciones, quizá sus lloros.
Y ahora una brisa inoíble, una bruma, un silencio, casi un beso, los une,
los borra, los acaricia, suavísimámente los recompone.
Ahora son como son. Ahora puede reconocérseles.
Y todos en la clase se han ido adurmiendo.
Y se alza la voz todavía, porque la clase dormida se sobrevive.
Una borrosa voz sin destino, que se oye
y que no se supiera ya de quién fuese.

Y existe la bruma dulce, casi olorosa, embriagante,
y todos tienen su cabeza sobre la blanda nube que los envuelve.
Y quizá un niño medio se despierta y entreabre los ojos,
y mira y ve también el alto pupitre desdibujado
y sobre él el bulto grueso, casi de trapo, dormido, caído,
del abolido profesor que allí sueña.

Vicente Aleixandre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...