miércoles, 11 de junio de 2014

La voz a ti debida. Versos 792 a 830



Qué alegría, 
vivir sintiéndose vivido. 
Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, 
de que otro ser, fuera de mí, 
muy lejos, me está viviendo. 
Que cuando los espejos, los espías, 
azogues, almas cortas, 
aseguran que estoy aquí, yo, inmóvil, 
con los ojos cerrados y los labios, 
negándome al amor de la luz, 
de la flor y de los nombres, 
la verdad trasvisible es que camino sin mis pasos, 
con otros, allá lejos, 
y allí estoy besando flores, luces, hablo. 
Que hay otro ser por el que miro el mundo 
porque me está queriendo con sus ojos. 
Que hay otra voz con la que digo cosas 
no sospechadas por mi gran silencio; 
y es que también me quiere con su voz. 
La vida -¡qué transporte ya!-,
ignorancia de lo que son mis actos, que ella hace, 
en que ella vive, doble, suya y mía. 
Y cuando ella me hable de un cielo oscuro, 
de un paisaje blanco, 
recordaré estrellas que no vi, que ella miraba, 
y nieve que nevaba allá en su cielo. 
Con la extraña delicia de acordarse 
de haber tocado lo que no toqué 
sino con esas manos que no alcanzo 
a coger con las mías, tan distantes. 
Y todo enajenado podrá el cuerpo 
descansar quieto, muerto ya.
 Morirse en la alta confianza 
de que este vivir mío no era sólo mi vivir: 
era el nuestro. 
Y que me vive otro ser por detrás de la no muerte.



Pedro Salinas.

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