miércoles, 21 de noviembre de 2018

Lo invisible. Brindis.



A Pedro Salinas

Deja el vino en la mesa. Mira cómo
un nuevo invierno de honda lejanía
-leñas y nubes, sequedad y frío-
insondable y fantástico aparece.
Bebamos más. Que nuestras almas sean,
de cenizas y tul, las que separen
la infinita maraña de la muerte.
Que entren en el invierno de la espina,
que las telas de araña se desgarren,
que el humo blanco y quieto se divida.
Nuestra carne desierta sea olvidada
y se pudra insensible, porque estemos
en los grises castigos para siempre.
Bebe, que el aire es ciego. Bebe y mira
el hondo y crudo invierno dilatarse,
a sus nubladas luces sometido.

Condenado me entierro.
Mi futuro un invierno insondable, seco y frío.

Manuel Altolaguirre.

martes, 20 de noviembre de 2018

Razón de amor Versos (343 a 416)


¡Sensación de retorno!
Pero ¿de dónde, dónde?
Allí estuvimos, sí, juntos.
Para encontrarnos este día tan claro
las presencias de siempre no bastaban.
Los besos se quedaban a medio vivir de sus destinos:
no sabían volar de su ser en las bocas
hacia su pleno más.
Mi mirada, mirándote, sentía paraísos
guardados más allá, virginales jardines de ti,
donde con esta luz de que disponíamos
no se podía entrar.
Por eso nos marchamos.
Se deshizo el abrazo, se apartaron Ios ojos,
dejaron de mirarse para buscar el mundo
donde nos encontráramos.
Y ha sido allí, sí, allí.
Nos hemos encontrado allí.
¿Cómo, el encuentro?


¿Fue como beso o llanto?
¿Nos hallamos  con las manos,
buscándonos  a tientas, con los gritos,
clamando; con las bocas que el vacío besaban?
¿Fue un choque de materia  y materia,
combate  de pecho contra pecho,
que a fuerza de contactos se convirtió en victoria
gozosa de los dos, en prodigioso pacto
de tu ser con mi ser enteros?
¿O tan sencillo fue, tan sin esfuerzo,
como una luz que se encuentra
con otra luz, y queda iluminado el mundo,
sin que nada se toque?
Ninguno lo sabemos.
Ni el dónde. Aquí, en las manos,
como las cicatrices, allí, dentro del alma,
como un alma del alma, pervive el prodigioso
saber que nos hallamos, y que su dónde está
para siempre cerrado.
Ha sido tan hermoso que no sufre memoria,
como sufren las fechas, los nombres o las líneas.
Nada en ese milagro podría ser recuerdo:
porque el recuerdo es la pena de sí mismo,
el dolor del tamaño, del tiempo,
y todo fue eternidad: relámpago.
Si quieres recordarlo no sirve el recordar.
Sólo vale vivir de cara hacia ese dónde,
queriéndolo, buscándolo.

Pedro Salinas.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Ese mar.


Ese mar, amarillo, ácido,
en donde un solo barco de bambú ofrece,
al coro de las islas invitadas
mercancías y en donde son bordados,
no con vida, peces y nadadores,
vio aquel día al sol astado con doce rayos gruesos,
prohibiendo enérgico a las aves
sus torpes vuelos femeninos.

Manuel Altolaguirre.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Siempre.


Estoy solo.
Las ondas; playa, escúchame.
De frente los delfines o la espada.
La certeza de siempre, los no-límites.
Esta tierna cabeza no amarilla,
esta piedra de carne que solloza.
Arena, arena, tu clamor es mío.
Por mi sombra no existes como seno,
no finjas que las velas, que la brisa,
que un aquilón, un viento furibundo
va a empujar tu sonrisa hasta la espuma,
robándole a la sangre sus navíos.

Amor, amor, detén tu planta impura.

Vicente Aleixandre.

jueves, 15 de noviembre de 2018

La memoria quisiera.


La memoria quisiera con sus redes
Salvarnos eso que se nos escapa,
Casi deshecho por continua zapa,
Abismo abajo, pútridas paredes.

Todo se descompone. Tú no puedes,
Memoria infiel, guardar tras esa capa
De mendigo tus joyas, y en un mapa
De remiendos concluyen tus mercedes.

Algo flota, por fin, contra el olvido
Que sin cesar rehace su marea
Con su reiteración de rollo lento.

En la orilla se yergue un conmovido
Náufrago de alta mar. Dice, jadea,
Algo evoca su voz. Si fue, ya es cuento.

Jorge Guillén.

martes, 13 de noviembre de 2018

Variación XI. El Poeta.


Hoy te he visto amanecer tan serenamente espejo,
tan liso de bienestar, tan acorde con tu techo,
como si estuvieses ya en tu sumo, en lo perfecto.
A tal azul alcanzaste que te llenan de aleteos
ángeles equivocados.
Y el cielo, el que te han puesto los siglos
desde el día que naciste por cotidiano maestro,
y te da lección de auroras, de primaveras, de inviernos,
de pájaros -con las sombras que te presta de sus vuelos-,
al verte tan celestial es feliz: otra vez
sois inseparables iguales, como erais a lo primero.

Pero tú nunca te quedas arrobado en lo que has hecho;
apenas lo hiciste y ya te vuelves a lo hacedero.
¿No es esta mañana, henchida de su hermosura,
el extremo de ti mismo, la plenaria realización de tu sueño?

No. Subido en esta cima ves otro primor, más lejos:
te llama una mejoría desde tu posible inmenso.
El más que en el alma tienes nunca te deja estar quieto,
y te mueves como la tabla del pecho hay algo
que te lo pide desde adentro.
Por la piel azul te corren undosos presentimientos,
las finas plumas del aire ya te cubren de diseños,
en las puntas de las olas se te alumbran los intentos.
Ocurrencias son fugaces las chispas, los cabrilleos.
Curvas, más curvas, se inician, dibujantes de tu anhelo.
La luz, unidad del alba, se multiplica en destellos,
lo que fue calma es fervor de innúmeros espejeos
que sobre la faz del agua anuncian tu encendimiento.
Una agitación creciente, un festivo clamoreo
de relumbres, de fulgores proclaman que estás queriendo;
no era aquella paz la última, en su regazo algo nuevo
has pensado, más hermoso
y ante la orilla del hombre ya te preparas a hacerlo.
De una perfección te escapas alegremente
a un proyecto de más perfección.
Las olas -más, más, más, más,-
van diciendo en la arena, monosílabas,
tu propósito al silencio.

Ya te pones a la obra, convocas a tus obreros:
acuden desde tu hondura, descienden del firmamento
-los horizontes los mandan- a servirte los deseos.
Luces, sombras, son; celajes, brisas, vientos; el cristal es,
es la espuma surtidora por el aire de arabescos,
son fugitivas centellas rebotando en sus reflejos.
Todo lo que mundo tiene el día lo va trayendo
y te acarrean las horas materiales sin estreno.
De las hojas de la orilla vienen verdes abrileños
y en el seno de las olas todavía son más tiernos.
Llegan tibias por los ríos las nieves de los roquedos.
Y hasta detrás de la luz, voladamente secretos aguardan,
por si los quieres, escuadrones de luceros.
En el gran taller del gozo a los espacios abierto,
feliz, de idea en idea, de cresta en cresta corriendo,
tan blanco como la espuma trabaja tu pensamiento.
Con estrías de luz haces maravillosos bosquejos,
deslumbradores rutilan por el agua tus inventos.
Cada vez tu obra se acerca ola a ola,
más y más a sus modelos.
¡Qué gozoso es tu quehacer, qué apariencias de festejo!
Resplandeciente el afán, alegrísimo el esfuerzo,
la lucha no se te nota.
Velando está en puro juego ese ardoroso
buscar la plenitud del acierto.
¡El acierto! ¿Vendrá? ¡Sí!
La fe te lo está trayendo con que tú lo buscas. Sí.
Vendrá cuando al universo se le aclare la razón
final de tu movimiento: no moverse,
mediodía sin tarde, la luz en paz,
renuncia del tiempo al tiempo.
La plena consumación -al amor, igual, igual-
de tanto ardor en sosiego.

Pedro Salinas.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Homenaje a Julio Herrera y Reissig.


Para entrar en tu ausencia,
en esa construcción de tu vacío,
tus palabras mayores
-muerte, amor-
son las puertas que invitan.
En el dintel de fuego,
antes de penetrarte,
vi el estuco aparente,
tus mostachos oníricos,
tus amigos de escuela;
pórtico con melenas
como infinita fuente de violetas,
de pensamientos y de nomeolvides;
cauda que serpentea
sobre desnudos armoniosos.
Penetré en tu museo
de tarjetas postales,
en tu salón o torre,
por esa doble puerta,
por tu amor, por tu muerte,
palabras como fauces.

Manuel Altolaguirre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...