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miércoles, 26 de octubre de 2022

La voz a ti debida.

(Versos 201 a 236)

-Mañana-. La palabra
iba suelta, vacante,
ingrávida, en el aire,
tan sin alma y sin cuerpo,
tan sin color ni beso,
que la dejé pasar
por mi lado, en mi hoy.
Pero de pronto tú
dijiste: -Yo, mañana...-
Y todo se pobló
de carne y de banderas.
Se me precipitaban
encima las promesas
de seiscientos colores,
con vestidos de moda,
desnudas, pero todas
cargadas de caricias.
En trenes o en gacelas
me llegaban -agudas,
sones de violines-
esperanzas delgadas
de bocas virginales.
O veloces y grandes
como buques, de lejos,
como ballenas
desde mares distantes,
inmensas esperanzas
de un amor sin final.
¡Mañana! Qué palabra
toda vibrante, tensa
de alma y carne rosada,
cuerda del arco donde
tú pusiste, agudísima,
arma de veinte años,
la flecha más segura
cuando dijiste: -Yo...-

Pedro Salinas.

lunes, 11 de julio de 2022


 
Como me duermes al niño.

Como me duermes al niño,
enorme cuna del mundo,
cuna de noche de agosto!
El viento me lo acaricia
en las mejillas
y lo que canta en los árboles
tiene sonsón de nanita
para que se duerma pronto.
Suaves estrellas le guardan
de mucha luz y de mucha
tiniebla para los ojos.
Y parece que se siente
rodar la tierra muy lenta,
sin más vaivén que el preciso
para que se duerma el niño,
hijo mío e hijo suyo.

Pedro Salinas.

jueves, 30 de junio de 2022

 


La voz a ti debida.

(Versos 1765 a 1791)

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
Ios pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas.
Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!
Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.
Y como tú eres la frágil,
la apenas siendo, tiernísima,
tú tienes que ser la muerta.
Tú dejarás que te mate,
que siga viviendo ella,
embustera, falsa tú,
pero tan igual a ti
que nadie se acordará
sino yo de lo que eras.
Y vendrá un día
-porque vendrá, sí, vendrá-
en que al mirarme a los ojos
tú veas
que pienso en ella y la quiero:
tú veas que no eres tú.

Pedro Salinas.

viernes, 10 de junio de 2022

Rapto a privamera.


¡Cuidado! Desprendidas,
recoces, rubias, sobre la capota
del coche, están las dos.
Hojas. Otoño. Aquí.
¡Corre! Quieren salvarse.
A ochenta, a ciento, a mil,
sobre los mares, sobre los records,
a llevarlas
al otro mundo, a la otra
mitad del mundo donde están brotando
ahora tiernas las otras.
                                    ¡Sálvalas!
Furtivamente ponlas
en la más descuidada rama
de un árbol distraído.
Despacio,
sin que lo advierta, sin que se entere,
esa por ti engañosa primavera
de allí.

Pedro Salinas.

martes, 12 de abril de 2022

 

Los despedidos.


Tarde afilada y seca
corta como un cuchillo.
¡Unidad de mi alma!

En un siempre se hinca:
el tiempo que era un siempre,
partido: ayer, mañana.
Y aquella sombra sola,
única, por la arena,
truncada en dos: tú y yo.

Secos rasgos, los vientos
firman sentencias últimas
de setiembre, destinos.
Aquí el tuyo, allí el mío.

Adioses, sin adiós,
ni pañuelo. El acero
del otoño la vida
nos parte en dos mitades.
La vida
toda entera, dorada,
redonda, allí colgando
en la rama de agosto
donde tú la cogiste.

Pedro Salinas.

lunes, 16 de marzo de 2020

Variación XII - Civitas Dei.


                        1

¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,
                    que eriges a la vista!

Capital de los ocios, rodeada
                    de espumas fronterizas,

en las torres celestes atalayan
                    blancas nubes vigías.

Flotante sobre el agua, hecha y deshecha
                    por luces sucesivas,

los que la sombra alcázares derrumba
                    el alba resucita.

Su riqueza es la luz, la sin moneda,
                    la que nunca termina,

la que después de darse un día entero
                    amanece más rica.

Todo en ella son canjes —ola y nube,
                    horizonte y orilla—,

bellezas que se cambian, inocentes
                    de la mercadería.

Por tu hermosura, sin mancharla nunca
                    resbala la codicia,

la que mueve el contrato, nunca el aire
                    en las velas henchidas,

hacia la gran ciudad de los negocios,
                    la ciudad enemiga.


                        2

No hay nadie, allí, que mire; están los ojos
                    a sueldo, en oficinas.

Vacío abajo corren ascensores,
                    corren vacío arriba,

transportan a fantasmas impacientes:
                    la nada tiene prisa.

Si se aprieta un botón se aclara el mundo,
                    la duda se disipa.

Instantánea es la aurora; ya no pierde
                    en fiestas nacarinas,

en rosas, en albores, en celajes,
                    el tiempo que perdía.

Aquel aire infinito lo han contado;
                    números se respiran

El tiempo ya no es tiempo, el tiempo es oro,
                    florecen compañías

para vender a plazos los veranos,
                    las horas y los días.

Luchan las cantidades con los pájaros,
                    los nombres con las cifras:

trescientos, mil, seiscientos, veinticuatro,
                    Julieta, Laura, Elisa.

Lo exacto triunfa de lo incalculable,
                    las palabras vencidas

se van al campo santo y en las lápidas
esperan elegías.

¡Clarísimo el futuro, ya aritmético,
                    mañana sin neblinas!

Expulsan el azar y sus misterios
                    astrales estadísticas.

Lo que el sueño no dio lo dará el cálculo;
                    unos novios perfilan

presupuestos en tardes otoñales:
                    el coste de su dicha.

Sin alas, silenciosas por los aires,
                    van aves ligerísimas,

eléctricas bandadas agoreras,
                    cantoras de noticias,

que desdeñan las frondas verdecientes
y en las radios anidan.

A su paso se mueren -ya no vuelven-
                    oscuras golondrinas.

Dos amantes se matan por un hilo
                    -ruptura a dos mil millas-;

sin que pueda salvarle una morada
                    un amor agoniza,

y Iludiéndose el teléfono en el pecho
                    la enamorada expira.

Los maniquíes su lección ofrecen,
                    moral desde vitrinas:

ni sufrir ni gozar, ni bien ni mal,
                    perfección de la línea.

Para ser tan felices las doncellas
                    poco a poco se quitan

viejos estorbos, vagos corazones
                    que apenas si latían.

Hay en las calles bocas que conducen
                    a cuevas oscurísimas:

allí no sufre nadie; sombras bellas
                    gráciles se deslizan,

sin carne en que el dolor pueda dolerles,
                    de sonrisa a sonrisa.

Entre besos y escenas de colores
                    corriendo va la intriga.

Acaba en un jardín, al fondo rosas
                    de trapo sin espinas.

Se descubren las gentes asombradas
                    su sueño: es la película,

vivir en un edén de cartón piedra,
                    ser criaturas lisas.

Hermosura posible entre tinieblas
                    con las luces se esquiva.

La yerba de los cines está llena
                    de esperanzas marchitas.

Hay en los bares manos que se afanan
                    buscando la alegría,

y prenden por el talle a sus parejas,
                    o a copas cristalinas.

Mezclado azul con rojo, verde y blanco,
                    fáciles alquimistas

ofrecen breves dosis de retorno
                    a ilusiones perdidas.

Lo que la orquesta toca y ellos bailan,
                    son todo tentativas

de salir sin salir del embolismo
                    que no tiene salida.

Mueve un ventilador aspas furiosas
                    y deshoja una Biblia.

Por el aire revuelan gemebundas
                    voces apocalípticas,

y rozan a las frentes pecadoras
                    alas de profecías.

La mejor bailarina, Magdalena,
                    se pone de rodillas.

Corren las ambulancias, con heridos
                    de muerte sin heridas.

En Wall Street banqueros puritanos
                    las escrituras firman

para comprar al río los reflejos
                    del cielo que está arriba.


                        3

Un hombre hay que se escapa, por milagro,
                    de tantas agonías.

No hace nada, no es nada, es Charlie Chaplin,
                    es este que te mira;

somos muchos, yo solo, centenares
                    las almas fugitivas

de Henry Ford, de Taylor, de la técnica,
                    los que nada fabrican

y emplean en las nubes vagabundas
                    ojos que no se alquilan.

No escucharán anuncios de la radio;
                    atienden la doctrina

que tú has ido pensando en tus profundos,
                    la que sale a tu orilla,

ola tras ola, espuma tras espuma,
y se entra por los ojos toda luz,
                    y ya nunca se olvida.

Pedro Salinas.

viernes, 28 de junio de 2019

La voz a ti debida. (Versos 2124 a 2149)


¡Si tú supieras que ese
gran sollozo que estrechas
en tus brazos, que esa
lágrima que tú secas
besándola, vienen de ti, son tú,
dolor de ti hecho lágrimas
mías, sollozos míos!

Entonces ya no preguntarías
al pasado, a los cielos,
a la frente, a las cartas,
qué tengo, por qué sufro.
Y toda silenciosa,
con ese gran silencio
de la luz y el saber,
me besarías más,
y desoladamente.

Con la desolación
del que no tiene al lado
otro ser, un dolor
ajeno; del que está
solo ya con su pena.
Queriendo consolar
en un otro quimérico
el gran dolor que es suyo.


Pedro Salinas.

martes, 16 de abril de 2019

La voz a ti debida (Versos 1471 a 1500).


¿Hablamos, desde cuándo?
¿Quién empezó? No sé.
Los días, mis preguntas;
oscuras, anchas,
vagas tus respuestas: las noches.
Juntándose una a otra
forman el mundo, el tiempo
para ti y para mí.
Mi preguntar hundiéndose
con la luz en la nada, callado,
para que tú respondas
con estrellas equívocas;
luego, reciennaciéndose
con el alba, asombroso
de novedad, de ansia
de preguntar lo mismo
que preguntaba ayer,
que respondió la noche
a medias, estrellada.
Los años y la vida,
¡qué diálogo angustiado!
Y sin embargo, por decir casi todo.
Y cuando nos separen
y ya no nos oigamos,
te diré todavía:
“¡Qué pronto!
¡Tanto que hablar, y tanto
que nos quedaba aún!”.

Pedro Salinas.

lunes, 25 de marzo de 2019

La voz a ti debida. (Versos 1073 a 1107)



Cuando cierras los ojos
tus párpados son aire.
Me arrebatan:
me voy contigo, adentro.
No se ve nada, no
se oye nada. Me sobran
los ojos y los labios,
en este mundo tuyo.
Para sentirte a ti no sirven
los sentidos de siempre,
usados con los otros.
Hay que esperar los nuevos.
Se anda a tu lado sordamente,
en lo oscuro, tropezando en acasos,
en vísperas; hundiéndose hacia arriba
con un gran peso de alas.
Cuando vuelves a abrir
los ojos yo me vuelvo
afuera, ciego ya,
tropezando también,
sin ver, tampoco, aquí.
Sin saber más vivir
ni en el otro, en el tuyo,
ni en este mundo descolorido
en donde yo vivía.
Inútil, desvalido entre los dos.
Yendo, viniendo de uno a otro
cuando tú quieres,
cuando abres, cuando cierras
los párpados, los ojos.

Pedro Salinas.

viernes, 22 de marzo de 2019

Variación XII Civitas Dei.


¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,
                    que eriges a la vista!

Capital de los ocios, rodeada
                    de espumas fronterizas,

en las torres celestes atalayan
                    blancas nubes vigías.

Flotante sobre el agua, hecha y deshecha
                    por luces sucesivas,

los que la sombra alcázares derrumba
                    el alba resucita.

Su riqueza es la luz, la sin moneda,
                    la que nunca termina,

la que después de darse un día entero
                    amanece más rica.

Todo en ella son canjes -ola y nube,
                    horizonte y orilla-,

bellezas que se cambian, inocentes
                    de la mercadería.

Por tu hermosura, sin mancharla nunca
                    resbala la codicia,

la que mueve el contrato, nunca el aire
                    en las velas henchidas,

hacia la gran ciudad de los negocios,
                    la ciudad enemiga.


No hay nadie, allí, que mire; están los ojos
                    a sueldo, en oficinas.

Vacío abajo corren ascensores,
                    corren vacío arriba,

transportan a fantasmas impacientes:
                    la nada tiene prisa.

Si se aprieta un botón se aclara el mundo,
                    la duda se disipa.

Instantánea es la aurora; ya no pierde
                    en fiestas nacarinas,

en rosas, en albores, en celajes,
                    el tiempo que perdía.

Aquel aire infinito lo han contado;
                    números se respiran

El tiempo ya no es tiempo, el tiempo es oro,
                    florecen compañías

para vender a plazos los veranos,
                    las horas y los días.

Luchan las cantidades con los pájaros,
                    los nombres con las cifras:

trescientos, mil, seiscientos, veinticuatro,
                    Julieta, Laura, Elisa.

Lo exacto triunfa de lo incalculable,
                    las palabras vencidas

se van al campo santo y en las lápidas
esperan elegías.

¡Clarísimo el futuro, ya aritmético,
                    mañana sin neblinas!

Expulsan el azar y sus misterios
                    astrales estadísticas.

Lo que el sueño no dio lo dará el cálculo;
                    unos novios perfilan

presupuestos en tardes otoñales:
                    el coste de su dicha.

Sin alas, silenciosas por los aires,
                    van aves ligerísimas,

eléctricas bandadas agoreras,
                    cantoras de noticias,

que desdeñan las frondas verdecientes
y en las radios anidan.

A su paso se mueren -ya no vuelven-
                    oscuras golondrinas.

Dos amantes se matan por un hilo
                    -ruptura a dos mil millas-;

sin que pueda salvarle una morada
                    un amor agoniza,

y Iludiéndose el teléfono en el pecho
                    la enamorada expira.

Los maniquíes su lección ofrecen,
                    moral desde vitrinas:

ni sufrir ni gozar, ni bien ni mal,
                    perfección de la línea.

Para ser tan felices las doncellas
                    poco a poco se quitan

viejos estorbos, vagos corazones
                    que apenas si latían.

Hay en las calles bocas que conducen
                    a cuevas oscurísimas:

allí no sufre nadie; sombras bellas
                    gráciles se deslizan,

sin carne en que el dolor pueda dolerles,
                    de sonrisa a sonrisa.

Entre besos y escenas de colores
                    corriendo va la intriga.

Acaba en un jardín, al fondo rosas
                    de trapo sin espinas.

Se descubren las gentes asombradas
                    su sueño: es la película,

vivir en un edén de cartón piedra,
                    ser criaturas lisas.

Hermosura posible entre tinieblas
                    con las luces se esquiva.

La yerba de los cines está llena
                    de esperanzas marchitas.

Hay en los bares manos que se afanan
                    buscando la alegría,

y prenden por el talle a sus parejas,
                    o a copas cristalinas.

Mezclado azul con rojo, verde y blanco,
                    fáciles alquimistas

ofrecen breves dosis de retorno
                    a ilusiones perdidas.

Lo que la orquesta toca y ellos bailan,
                    son todo tentativas

de salir sin salir del embolismo
                    que no tiene salida.

Mueve un ventilador aspas furiosas
                    y deshoja una Biblia.

Por el aire revuelan gemebundas
                    voces apocalípticas,

y rozan a las frentes pecadoras
                    alas de profecías.

La mejor bailarina, Magdalena,
                    se pone de rodillas.

Corren las ambulancias, con heridos
                    de muerte sin heridas.

En Wall Street banqueros puritanos
                    las escrituras firman

para comprar al río los reflejos
                    del cielo que está arriba.


Un hombre hay que se escapa, por milagro,
                    de tantas agonías.

No hace nada, no es nada, es Charlie Chaplin,
                    es este que te mira;

somos muchos, yo solo, centenares
                    las almas fugitivas

de Henry Ford, de Taylor, de la técnica,
                    los que nada fabrican

y emplean en las nubes vagabundas
                    ojos que no se alquilan.

No escucharán anuncios de la radio;
                    atienden la doctrina

que tú has ido pensando en tus profundos,
                    la que sale a tu orilla,

ola tras ola, espuma tras espuma,
y se entra por los ojos toda luz,
                    y ya nunca se olvida.

Pedro Salinas.

viernes, 15 de marzo de 2019

Que contenta estará el agua.


¡Que contenta estará el agua mañana,
cuando despierte y se encuentre con su cauce,
los dos brazos que la llevan
estrechada a su destino,
entre orillas que se legran !

¡Que feliz será la luz, mañana,
cuando se encuentre a los ojos,
que la apresan, y la emplean,
y sirve ya para ver !

¡Que perfecto será el pájaro
cuando se encuentren sus alas,
y su cuerpo y los albores del día,
Indeciso aun, como un pío, con un cántico,
en la garganta dormido,
que dé voz a la mañana !

Pero el alma, dime, el alma
que al otro día de aquel se encuentra ya
sin más ojos, sin más manos,
sin más pies, que los tristemente suyos,
que los solos, dime ¿En qué cauce, en qué luz,
en qué canto va a vivir
si ya no le queda más
que el cuerpo suyo a esa alma?

Pedro Salinas.

lunes, 4 de febrero de 2019

Escorial II.


En vez de soñar, contar.

La fachada del oeste tiene
seiscientas doce ventanas.

Por la primavera van
en su cielo, hacia el domingo
una, dos, tres, cuatro,
cinco nubes blancas.

Yo te quiero a ti, y a ti
y a ti.
A tres os quiero yo.

A las doce el tiempo
da doce campanadas.
Y ya no podrá escapárseme
en las volandas del sueño la mañana.
Haré la raya para ir sumando
seiscientas doce, más cinco,
más tres, más doce.
¡Qué felicidad igual
a seiscientas treinta y dos!.
En abril, al mediodía
cuenta clara.

Pedro Salinas.

lunes, 21 de enero de 2019

¿Por qué querer deshacer un nudo que Dios ha hecho?.


¿Por qué querer deshacer
un nudo que Dios ha hecho?
Sí, yo sé que los dos hilos
andaban flotantes, sueltos:
pero un día sopló un viento
que venía de lo alto,
que los empujó uno a otro.
Y al tocarse se enlazaron,
se estrecharon, sin remedio.
¡Qué nudo ya entre dos vidas!
¡Qué punto en que dos destinos
al apretarse, cruzados
con el calor de dos cuerpos,
crean un destino nuevo:
las almas indisolubles!
Y un día nos encontramos los dos
llorando ante el nudo estrecho.
¿Cortarlo? Tú lo quisiste.
Tentaciones de cuchillo
te brillaron por momentos.
Pero si el nudo cortabas
te cortarías tu hilo,
y el mío, a mí, porque en él
estamos los dos unidos.
Cortar un nudo es cortarse
los dos hilos que lo hicieron.
¿Desenredarlo? Las manos
lloraron de pena larga,
porque el alma no quería
y lo intentaban los dedos.
¡No lo toques! ¡Déjalo!
Resístete, si tú quieres,
a que el viento antiguo siga
acercándonos, haciendo
nuestro nudo más estrecho.
Vuelve a ser el hilo tuyo,
libre, suelto. Nuestros hilos
volverán a separarse
como si fueran distintos.
Pero allá atrás quedará
-¡no la mates!- la memoria
viva de haber sido más
que dos pobres vidas sueltas.
Y el recuerdo de ese nudo
en que los dos fuimos uno,
porque queríamos serlo,
ha de durar, sin atarnos,
no ya como nudo, no,
sino como lazo eterno:
voluntad de no soltarse
de algo que nunca se suelta,
amor, lazo, en nuestros pechos.

Pedro Salinas.

martes, 15 de enero de 2019

Navacerrada, abril.


Los dos solos.
¡Qué bien aquí, en el puerto, altos!
Vencido verde, triunfo de los dos,
al venir queda un paisaje atrás:
otro enfrente, esperándonos.
Parar aquí un minuto.
Sus tres banderas blancas
-soledad, nieve, altura-
agita la mañana.
Se rinde, se me rinde.
Ya su silencio es mío:
posesión de un minuto.
Y de pronto mi mano que te oprime,
 y tú, yo, -aventura de arranque eléctrico-,
rompemos el cristal de las doce,
a correr por un mundo de asfalto y selva virgen.
Alma mía en la tuya mecánica; mi fuerza,
bien medida, la tuya, justa: doce caballos.

Pedro Salinas.

martes, 20 de noviembre de 2018

Razón de amor Versos (343 a 416)


¡Sensación de retorno!
Pero ¿de dónde, dónde?
Allí estuvimos, sí, juntos.
Para encontrarnos este día tan claro
las presencias de siempre no bastaban.
Los besos se quedaban a medio vivir de sus destinos:
no sabían volar de su ser en las bocas
hacia su pleno más.
Mi mirada, mirándote, sentía paraísos
guardados más allá, virginales jardines de ti,
donde con esta luz de que disponíamos
no se podía entrar.
Por eso nos marchamos.
Se deshizo el abrazo, se apartaron Ios ojos,
dejaron de mirarse para buscar el mundo
donde nos encontráramos.
Y ha sido allí, sí, allí.
Nos hemos encontrado allí.
¿Cómo, el encuentro?


¿Fue como beso o llanto?
¿Nos hallamos  con las manos,
buscándonos  a tientas, con los gritos,
clamando; con las bocas que el vacío besaban?
¿Fue un choque de materia  y materia,
combate  de pecho contra pecho,
que a fuerza de contactos se convirtió en victoria
gozosa de los dos, en prodigioso pacto
de tu ser con mi ser enteros?
¿O tan sencillo fue, tan sin esfuerzo,
como una luz que se encuentra
con otra luz, y queda iluminado el mundo,
sin que nada se toque?
Ninguno lo sabemos.
Ni el dónde. Aquí, en las manos,
como las cicatrices, allí, dentro del alma,
como un alma del alma, pervive el prodigioso
saber que nos hallamos, y que su dónde está
para siempre cerrado.
Ha sido tan hermoso que no sufre memoria,
como sufren las fechas, los nombres o las líneas.
Nada en ese milagro podría ser recuerdo:
porque el recuerdo es la pena de sí mismo,
el dolor del tamaño, del tiempo,
y todo fue eternidad: relámpago.
Si quieres recordarlo no sirve el recordar.
Sólo vale vivir de cara hacia ese dónde,
queriéndolo, buscándolo.

Pedro Salinas.

martes, 13 de noviembre de 2018

Variación XI. El Poeta.


Hoy te he visto amanecer tan serenamente espejo,
tan liso de bienestar, tan acorde con tu techo,
como si estuvieses ya en tu sumo, en lo perfecto.
A tal azul alcanzaste que te llenan de aleteos
ángeles equivocados.
Y el cielo, el que te han puesto los siglos
desde el día que naciste por cotidiano maestro,
y te da lección de auroras, de primaveras, de inviernos,
de pájaros -con las sombras que te presta de sus vuelos-,
al verte tan celestial es feliz: otra vez
sois inseparables iguales, como erais a lo primero.

Pero tú nunca te quedas arrobado en lo que has hecho;
apenas lo hiciste y ya te vuelves a lo hacedero.
¿No es esta mañana, henchida de su hermosura,
el extremo de ti mismo, la plenaria realización de tu sueño?

No. Subido en esta cima ves otro primor, más lejos:
te llama una mejoría desde tu posible inmenso.
El más que en el alma tienes nunca te deja estar quieto,
y te mueves como la tabla del pecho hay algo
que te lo pide desde adentro.
Por la piel azul te corren undosos presentimientos,
las finas plumas del aire ya te cubren de diseños,
en las puntas de las olas se te alumbran los intentos.
Ocurrencias son fugaces las chispas, los cabrilleos.
Curvas, más curvas, se inician, dibujantes de tu anhelo.
La luz, unidad del alba, se multiplica en destellos,
lo que fue calma es fervor de innúmeros espejeos
que sobre la faz del agua anuncian tu encendimiento.
Una agitación creciente, un festivo clamoreo
de relumbres, de fulgores proclaman que estás queriendo;
no era aquella paz la última, en su regazo algo nuevo
has pensado, más hermoso
y ante la orilla del hombre ya te preparas a hacerlo.
De una perfección te escapas alegremente
a un proyecto de más perfección.
Las olas -más, más, más, más,-
van diciendo en la arena, monosílabas,
tu propósito al silencio.

Ya te pones a la obra, convocas a tus obreros:
acuden desde tu hondura, descienden del firmamento
-los horizontes los mandan- a servirte los deseos.
Luces, sombras, son; celajes, brisas, vientos; el cristal es,
es la espuma surtidora por el aire de arabescos,
son fugitivas centellas rebotando en sus reflejos.
Todo lo que mundo tiene el día lo va trayendo
y te acarrean las horas materiales sin estreno.
De las hojas de la orilla vienen verdes abrileños
y en el seno de las olas todavía son más tiernos.
Llegan tibias por los ríos las nieves de los roquedos.
Y hasta detrás de la luz, voladamente secretos aguardan,
por si los quieres, escuadrones de luceros.
En el gran taller del gozo a los espacios abierto,
feliz, de idea en idea, de cresta en cresta corriendo,
tan blanco como la espuma trabaja tu pensamiento.
Con estrías de luz haces maravillosos bosquejos,
deslumbradores rutilan por el agua tus inventos.
Cada vez tu obra se acerca ola a ola,
más y más a sus modelos.
¡Qué gozoso es tu quehacer, qué apariencias de festejo!
Resplandeciente el afán, alegrísimo el esfuerzo,
la lucha no se te nota.
Velando está en puro juego ese ardoroso
buscar la plenitud del acierto.
¡El acierto! ¿Vendrá? ¡Sí!
La fe te lo está trayendo con que tú lo buscas. Sí.
Vendrá cuando al universo se le aclare la razón
final de tu movimiento: no moverse,
mediodía sin tarde, la luz en paz,
renuncia del tiempo al tiempo.
La plena consumación -al amor, igual, igual-
de tanto ardor en sosiego.

Pedro Salinas.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

La voz a ti debida. (Versos 285 a 309)


¿Por qué tienes nombre tú,
día, miércoles?
¿Por qué tienes nombre tú,
tiempo, otoño?
Alegría, pena, siempre
¿por qué tenéis nombre: amor?

Si tú no tuvieras nombre,
yo no sabría qué era
ni cómo, ni cuándo. Nada.

¿Sabe el mar cómo se llama,
que es el mar? ¿Saben los vientos
sus apellidos, del Sur y del Norte,
por encima del puro soplo que son?

Si tú no tuvieras nombre,
todo sería primero,
inicial, todo inventado por mí,
intacto hasta el beso mío.
Gozo, amor: delicia lenta de gozar,
de amar, sin nombre.

Nombre: ¡qué puñal clavado
en medio de un pecho cándido
que sería nuestro siempre
si no fuese por su nombre!

Pedro Salinas.

viernes, 26 de octubre de 2018

Variación XIII. Presagio.


Esta tarde, frente a ti,
en los ojos siento algo
que te mira y no soy yo.
¡Qué antigua es esta mirada,
en mi presente mirando!
Hay algo, en mi cuerpo, otro.
Viene de un tiempo lejano.
Es una querencia, un ansia
de volver a ver, a verte,
de seguirte contemplando.
Como la mía, y no mía.
Me reconozco y la extraño.
¿Vivo en ella, o ella en mí?
Poseído voluntario
de esta fuerza que me invade,
mayor soy, porque me siento
yo mismo, y enajenado.

Pedro Salinas.

lunes, 23 de abril de 2018

La voz a ti debida. (Versos 1139 a 1171)



Empújame, lánzame desde ti,
de tus mejillas, como de islas de coral,
a navegar, a irme lejos para buscarte,
a buscar fuera de ti lo que tienes,
lo que no me quieres dar.
Para quedarte tú sola,
invéntame selvas vírgenes
con árboles de metal y azabache;
yo iré a ellas y veré
que no eran más que collares que pensabas.
Invítame a resplandores y destellos,
a lo lejos negros, blancos, sonriendo de niñez.
Los buscaré.
Marcharé días y días,
y al llegar adonde están
descubriré tus sonrisas anchas,
tus miradas claras.
Eso era lo que allá, distante,
estaba viendo brillar.
De tanto y tanto viaje
nunca esperes que te traiga más mundos,
más primaveras que esas que tú te defiendes contra mi.
El ir y venir a los siglos, a las minas,
a Ios sueños, es inútil.
De ti salgo siempre, siempre
tengo que volver a ti.

Pedro Salinas.

martes, 17 de abril de 2018

Sí reciente.


No te quiero mucho, amor.
No te quiero mucho.
Eres tan cierto y mío, seguro,
de hoy, de aquí,
que tu evidencia es el filo
con que me hiere el abrazo.
Espero para quererte.
Se gastarán tus aceros
en días y noches blandos,
y a lo lejos turbio, vago,
en nieblas de fue o no fue,
en el mar del más y el menos,
cómo te voy a querer,
amor, ardiente cuerpo entregado,
cuando te vuelvas recuerdo,
sombra esquiva entre los brazos.


Pedro Salinas.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...