jueves, 26 de abril de 2018

Gracias a ti.



Hoy puedo estar conmigo.
He deseado para ti todo el bien
y me acompaña la bondad del amor.
A ti te debo gozar en soledad
la compañía más difícil del hombre,
la que consigo mismo tiene.
Le has dado a mi semblante sin saberlo
una luz interior que me hace fuerte,
para vencer mayores soledades.



Manuel Altolaguirre.

miércoles, 25 de abril de 2018

Difícil.



¿Lo sabes? Todo es difícil.
Difícil es el amor.
Más difícil su ausencia.
Más difícil su presencia o estancia.
Todo es difícil... Parece fácil y qué difícil es
repasar el cabello de nuestra amada con estas manos materiales que lo estrujan y obtienen.
Difícil, poner en su boca carnosa
el beso estrellado que nunca se apura.
Difícil, mirar los hondos ojos donde boga la vida,
y allí navegar, y allí remar, y allí esforzarse,
y allí acaso hundirse sintiendo la palpitación en la boca,
el hálito en esta boca donde la última precipitación
diera un nombre o la vida.

Todo es difícil. El silencio. La majestad. El coraje:
el supremo valor de la vida continua.
Este saber que cada minuto sigue a cada minuto,
y así hasta lo eterno.
Difícil, no creer en la muerte; porque nadie cree en la muerte.
Hablamos de que morimos, pero no lo creemos.
Vemos muertos, pisamos muertos: separamos los muertos.
¡Sí, nosotros vivimos!

Muchas veces he visto
esas hormigas, las bestezuelas tenaces viviendo,
y he visto una gran bota caer y salvarse muy pocas.
Y he visto y he contado las que seguían, y su divina indiferencia,
y las he mirado apartar a las muertas y seguir afanosas,
y he comprendido que separaban a sus muertos
como a las demás sobrevenidas piedrecillas del campo.

Y así los hombres cuando ven a sus muertos
y los entierran, y sin conocer a los muertos viven, aman, se obstinan.

Todo es difícil.
El amor.
La sonrisa.
Los besos de los inocentes que se enlazan y funden.
Los cuerpos, los ascendimientos del amor, los castigos.
Las flores sobre su pelo.
Su luto otros días.
El llanto que a veces sacude sus hombros.
Su risa o su pena.
Todo: desde la cintura hasta su fe en la divinidad;
desde su compasión hasta esa gran mano enorme
y extensa donde los dos nos amamos.

Ah, rayo súbito y detenido que arriba no veo.
Luz difícil que ignoro, mientras ciego te escucho.

A ti, amada mía difícil que cruelmente, verdaderamente me apartarás
con seguridad del camino cuando yo haya caído en los bordes,
y en verdad no lo creas.

Vicente Aleixandre.

martes, 24 de abril de 2018

Pregón submarino.



!Tan bien como yo estaría
en una huerta del mar,
contigo, hortelana mía!

En un carrito tirado
por un salmón, !qué alegría
vender bajo el mar salado,
amor, tu mercadería!

!Algas frescas de la mar,
algas, algas!


Rafael Alberti.

lunes, 23 de abril de 2018

La voz a ti debida. (Versos 1139 a 1171)



Empújame, lánzame desde ti,
de tus mejillas, como de islas de coral,
a navegar, a irme lejos para buscarte,
a buscar fuera de ti lo que tienes,
lo que no me quieres dar.
Para quedarte tú sola,
invéntame selvas vírgenes
con árboles de metal y azabache;
yo iré a ellas y veré
que no eran más que collares que pensabas.
Invítame a resplandores y destellos,
a lo lejos negros, blancos, sonriendo de niñez.
Los buscaré.
Marcharé días y días,
y al llegar adonde están
descubriré tus sonrisas anchas,
tus miradas claras.
Eso era lo que allá, distante,
estaba viendo brillar.
De tanto y tanto viaje
nunca esperes que te traiga más mundos,
más primaveras que esas que tú te defiendes contra mi.
El ir y venir a los siglos, a las minas,
a Ios sueños, es inútil.
De ti salgo siempre, siempre
tengo que volver a ti.

Pedro Salinas.

viernes, 20 de abril de 2018

Pequeño poema infinito.


Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos
las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben votar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.


Federico García Lorca.

jueves, 19 de abril de 2018

Desprecio.


Arco de aire, tu voz quedó un momento,
en su ascensión de lo profundo,
sobre el riel imaginado,
como un tren largo, jadeante,
solicitando mi presencia.

Y yo en la balaustrada reclinado
te vi, pesada, hundida para siempre, sin comprender
-distante, más pequeña, codiciosa de mí-
que en esta altura
extensiones diviso penetrante.


Manuel Altolaguirre.

miércoles, 18 de abril de 2018

Por el aroma roto de un recuerdo.




Por el aroma roto de un recuerdo,
como por un incienso mutilado,
brotas de la memoria en que me pierdo,
cristal sin luz, metal acongojado.

Contigo traes el llanto de la encina
y la cinta sin mácula del hielo.
Contigo el ronco viento de la esquina
y el tierno y largo jadear del suelo.

Contigo traes, a tu costado atado,
el mar de ancho pulmón y duro acento,
y a la húmeda sombra del costado
el río soñador y soñoliento.

La brisa que fue ala sollozante,
el cielo que fue verde praderío,
el trabajado lirio de diamante
y la oliva viajera por el río;
el toro inmóvil, la veloz espiga
contigo traes, de mi memoria brotan
y en un dulce atropello sin fatiga
por la corriente de mis hombros flotan.

Dejadme a mí, dejadme a la ventura
andar, llorar sin voz, mirar en vano
hasta caer sobre la tierra oscura

con la frente en el cuenco de mi mano.



  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...