martes, 20 de diciembre de 2016

Cuatro veces I Con las rosas.



No, esta dulce tarde
no puedo quedarme;
esta tarde libre
tengo que irme al aire.

Al aire que ríe
abriendo los árboles,
amores a miles,
profundo, ondeante.

Me esperan las rosas
bañando su carne.
¡No me claves fines;
no quiero quedarme!

Juan Ramón Jiménez.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Oí hablarme a los árboles.



Volvía yo con las nubes que entraban bajo rosales
(grande ternura redonda) entre los troncos constantes.

La soledad era eterna, el silencio era eternante.
Me detuve como un árbol, y oí hablar a los árboles.

El pájaro solo huía de tan secreto paraje;
sólo yo podía estar entre las rosas finales.

Yo no quería volver en mí, por miedo de darles
disgusto de árbol distinto a los árboles iguales.

Los árboles se olvidaron de mi forma de hombre errante,
y, con mi forma olvidada, oía hablar a los árboles.

Me retardé hasta la estrella. En vuelo de luz suave,
fui saliéndome a la linde, con la luna ya en el aire.

Cuando yo ya me salía, vi a los árboles mirarme.
Se daban cuenta de todo, y me apenaba dejarles.

Y yo los oía hablar, entre el nublado de nácares,
con blando rumor, de mí. ¿Y cómo desengañarles?

¿Cómo decirles que no, que yo era sólo el pasante,
que no me hablaran a mí? No quería traicionarles.

Y ya muy tarde, ayer tarde, oí hablarme a los árboles.

Juan Ramón Jiménez.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Fuga interior.



Las últimas palabras imposibles
cayeron en el hondo pozo de su garganta
con el rumor de lo que huye para siempre
en un gemido interminable.

Una brisa interior deshabitaba
de vida sus contornos casi yertos.
Yo presencié la cita.
Fue en el centro del alma
en donde coincidieron
el último rubor de sus mejillas
y el brillo de sus ojos, último.

Cuando expiró, sobre su mesa, los cristales
con blandas frutas vivas contrastaban.

Manuel Altolaguirre.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Despedida.



No hay amor sin sospecha,
ni reposo sin miedo,
ni amistad sin codicia.
Quédate, mundo, adiós.

Desvelado y atónito me voy.
En ti todos sollozan,
suplican, gritan, lloran.
Quédate, mundo, adiós.

Sobre tu campo luchan
gerifalte y paloma,
y el lobo con la yegua.
Quédate, mundo, adiós.

Bajo tu cielo lucha
el hombre contra el hombre
para poder vivir.
Quédate, mundo, adiós.

Manuel Altolaguirre.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mirada final (muerte y reconocimiento)



La soledad, en que hemos abierto los ojos.
La soledad en que una mañana nos hemos despertado, caídos, derribados de alguna parte, casi no pudiendo reconocernos.
Como un cuerpo que ha rodado por un terraplén
y, revuelto con la tierra súbita, se levanta y casi no puede reconocerse.
Y se mira y se sacude y ve alzarse la nube de polvo que él no es, y ve aparecer sus miembros,
y se palpa: -Aquí yo, aquí mi brazo, y este mi cuerpo, y esta mi pierna, e intacta está mi cabeza-;
y todavía mareado mira arriba y ve por dónde ha rodado,
y ahora el montón de tierra que le cubriera está a sus pies y él emerge, no sé si dolorido, no sé si brillando, y alza los ojos y el cielo destella
con un pesaroso resplandor, y en el borde se sienta
y casi siente deseos de llorar. Y nada le duele,
pero le duele todo. Y arriba mira el camino,
y aquí la hondonada, aquí donde sentado se absorbe
y pone la cabeza en las manos; donde nadie le ve, pero un cielo azul apagado parece lejanamente contemplarle.
Aquí, en el borde del vivir, después de haber rodado toda la vida como un instante, me miro.
Esta tierra fuiste tú, amor de mi vida? ¿Me preguntaré así cuando en el fin me conozca, cuando me reconozca y despierte, recién levantado de la tierra, y me tiente, y sentado en la hondonada, en el fin, mire un cielo piadosamente brillar?

No puedo concebirte a ti, amada de mi existir, como solo una tierra que se sacude al levantarse, para acabar cuando el largo rodar de la vida ha cesado.
No, polvo mío, tierra súbita que me ha acompañado todo el vivir.
No, materia adherida y tristísima que una postrer mano, la mía misma, hubiera al fin de expulsar.
No: alma más bien en que todo yo he vivido, alma por la que me fue la vida posible
y desde la que también alzaré mis ojos finales
cuando con estos mismos ojos que son los tuyos, con los que mi alma contigo todo lo mira,
contemple con tus pupilas, con las solas pupilas que siento bajo los párpados,
en el fin el cielo piadosamente brillar.

Vicente Aleixandre.

martes, 13 de diciembre de 2016

En castellano.



Aquí tenéis mi voz
alzada contra el cielo de los dioses absurdos,
mi voz apedreando las puertas de la muerte
con cantos que son duras verdades como puños.

Él ha muerto hace tiempo, antes de ayer. Ya hiede.
Aquí tenéis mi voz zarpando hacia el futuro.
Adelantando el paso a través de las ruinas,
hermosa como un viaje alrededor del mundo.

Mucho he sufrido: en este tiempo, todos
hemos sufrido mucho.
Yo levanto una copa de alegría en las manos,
en pie contra el crepúsculo.

Borradlo. Labraremos la paz, la paz, la paz,
a fuerza de caricias, a puñetazos puros.
Aquí os dejo mi voz escrita en castellano.
España, no te olvides que hemos sufrido juntos


Blas de Otero.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Luz y música.



Si de la tierra sube
contra la luz la música,
así contra el destello
de unos ojos estáticos
sube el calor de un cuerpo
al amor sometido.

Contra la mano o cielo
que la dicha contempla,
el son o ritmo o cántico
ofrece su batalla.

Luz y música enfrentan
sus dardos sin herirse.
Tierra y cielo se cruzan
resplandor y sonido.

Bajo mi pecho eres
lago, monte, llanura,
tierra sonora, dócil
a mi luz o a mi llanto.

Manuel Altolaguirre.

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