Eternidad.
Este jardín donde estoy
siempre estuvo en mí. No existo.
Tanta vida, tal conciencia,
borran mi ser en el tiempo.
Conocer la obra de Dios
es estar con Él.
Manuel Altolaguirre.
La desgracia del forzado,
Y del corsario la industria,
La distancia del lugar
Y el favor de la Fortuna,
Que por las bocas del viento
Les daba a soplos ayuda
Contra las cristianas cruces
A las otomanas lunas,
Hicieron que de los ojos
Del forzado a un tiempo huyan
Dulce patria, amigas velas,
Esperanzas y ventura.
Vuelve, pues, los ojos tristes
A ver cómo el mar le hurta
Las torres, y le da nubes,
Las velas, y le da espumas.
Y viendo más aplacada
En el cómitre la furia,
Vertiendo lágrimas, dice,
Tan amargas como muchas:
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
«Ya no esperen ver mis ojos,
Pues ahora no lo vieron,
Sin este remo las manos,
Y los pies sin estos hierros,
Que en esta desgracia mía
Fortuna me ha descubierto
Que cuantos fueron mis años
Tantos serán mis tormentos.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Velas de la Religión,
Enfrenad vuestro denuedo,
Que mal podréis alcanzarnos
Pues tratáis de mi remedio.
El enemigo se os va,
Y favorécele el tiempo
Por su libertad no tanto
Cuanto por mi captiverio.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Quedáos en aquesa playa,
De mis pensamientos puerto;
Quejáos de mi desventura
Y no echéis la culpa al viento.
Y tú, mi dulce suspiro,
Rompe los aires ardiendo,
Visita a mi esposa bella,
Y en el mar de Argel te espero.»
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Luis de Góngora y Argote.
¡A los remos, remadores!
-Gil Vicente-
Noche.
Verde caracol, la luna.
Sobre todas las terrazas,
blancas doncellas desnudas.
¡Remadores, a remar!
De la tierra emerge el globo
que ha de morir en el mar.
Alba.
Dormíos, blancas doncellas,
hasta que el globo no caiga
en brazos de la marea.
¡Remadores, a remar,
hasta que el globo no duerma
entre los senos del mar!
Rafael Alberti.
No, no es eso. No miro
del otro lado del horizonte un cielo.
No contemplo unos ojos tranquilos, poderosos,
que aquietan a las aguas feroces que aquí braman.
No miro esa cascada de luces que descienden
de una boca hasta un pecho, hasta unas manos blandas,
finitas, que a este mundo contienen, atesoran.
Por todas partes veo cuerpos desnudos, fieles
al cansancio del mundo. Carne fugaz que acaso
nació para ser chispa de luz, para abrasarse
de amor y ser la nada sin memoria, la hermosa
redondez de la luz.
Y que aquí está, aquí está, marchitamente eterna,
sucesiva, constante, siempre, siempre cansada.
Es inútil que un viento remoto, con forma vegetal, o una lengua,
lama despacio y largo su volumen, lo afile,
lo pula, lo acaricie, lo exalte.
Cuerpos humanos, rocas cansadas, grises bultos
que a la orilla del mar conciencia siempre
tenéis de que la vida no acaba, no, heredándose.
Cuerpos que mañana repetidos, infinitos, rodáis
como una espuma lenta, desengañada, siempre.
¡Siempre carne del hombre, sin luz! Siempre rodados
desde allá, de un océano sin origen que envía
ondas, ondas, espumas, cuerpos cansados, bordes
de un mar que no se acaba y que siempre jadea en sus orillas.
Todos, multiplicados, repetidos, sucesivos, amontonáis la carne,
la vida, sin esperanza, monótonamente iguales bajo los cielos hoscos
que impasibles se heredan.
Sobre ese mar de cuerpos que aquí vierten sin tregua, que aquí rompen
redondamente y quedan mortales en las playas,
no se ve, no, ese rápido esquife, ágil velero
que con quilla de acero, rasgue, sesgue,
abra sangre de luz y raudo escape
hacia el hondo horizonte, hacia el origen
último de la vida, al confín del océano eterno
que humanos desparrama
sus grises cuerpos. Hacia la luz, hacia esa escala ascendente de brillos
que de un pecho benigno hacia una boca sube,
hacia unos ojos grandes, totales que contemplan,
hacia unas manos mudas, finitas, que aprisionan,
donde cansados siempre, vitales, aún nacemos.
Vicente Aleixandre.
Quiero contarle al mundo una historia
Sobre una casa con una linterna rota
y una muñeca quemada.
De un picnic que nadie disfrutó.
Sobre un hacha que mató a un tulipán.
Una historia sobre un incendio que quemó una trenza.
Una historia sobre una lágrima que no se podía derramar.
Quiero contarles una historia sobre una cabra que no podía ser ordeñada.
En una masa que no ha estado en el horno.
Sobre un matrimonio que no se celebró
y un bebé que no podía crecer.
Sobre una pelota de fútbol que no ha sido pateada.
Sobre una paloma que no voló.
Quiero contarles una historia sobre una llave que no se ha usado.
Sobre un aula que quedó vacía.
De un patio de recreo que fue silenciado.
Sobre un libro que no ha sido leído.
Sobre una granja que ha sido cercada
y sobre la fruta que no ha sido recogida.
Sobre una mentira que no fue descubierta.
Una historia sobre una iglesia donde la gente ya no reza
y una mezquita que ya no está en pie.
De una cultura que ya no se regocija.
Quiero contarles una historia sobre un techo embarrado y cubierto de hierba.
En una roca que daba a un tanque.
Se trata de una bandera obstinada que se niega a ser arriada.
Sobre un espíritu que no puede ser derrotado.
¡Por el reconocimiento del Estado de Palestina!
¡Por el imperio del derecho internacional!
¡Por el fin de la impunidad del Estado de Israel!
Nahida Izzat. - 8 de marzo de 2021.
Noche inicial Cerrada. Campo desnudo. Sola la noche inerme. El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...