viernes, 8 de noviembre de 2019

Impar 11. Óleo -Niño de Vallecas-



A veces ser humano es difícil.
Se nació casi al borde.
Helo aquí, y casi mira.
Desde su estar inmóvil rompe el aire
y asoma súbito a este frente:
aquí es asombro.
Pues está y os contempla, o más,
pide ser visto, y más: mirado, salvo.
Tiene su pelo mixto, cubriendo
desigual la enorme masa,
y luego, más despacio, la mano de quien aquí lo puso trazó lenta la frente,
la inerte frente que sería y no fuese,
no era. La hizo despacio como quien traza un mundo
a oscuras, sin iluminación posible,
piedra en espacios que nació sin vida
para rodar externamente yerta.
Pero esa mano sabia, humana, más despacio lo hizo,
aquí lo puso como materia, y dándole
su calidad con tanto amor que más verdad sería:
sería más luces, y luz daba esa piedra.
La frente muerta dulcemente brilla,
casi riela en la penumbra, y vive.
Y enorme veía sobre unos ojos mudos,
horriblemente dulces, al fondo de su estar, vitreos, sin lágrima.

La pesada cabeza, derribada hacia atrás, mira, no mira,
pues nada ve. La boca está entreabierta;
solo por ella alienta, y los bracitos cortos juegan, ríen,
mientras la cara grande muerta, ofrécese.

La mano aquí lo pintó, lo acarició
y más: lo respetó, existiendo.
Pues era. Y la mano apenas lo resumió exaltando
su dimensión veraz. Más templó el aire,
lo hizo más verdadero en su oquedad posible
para el ser, como una onda que límites se impone
y dobla suavemente en sus orillas.

Si le miráis le veréis hoy ardiendo
como en húmeda luz, todo él envuelto
en verdad, que es amor, y ahí adelantado, aducido,
pidiendo, suplicando sin voz: pide ser salvo.
Miradle, sí; salvadle. Él fía en el hombre.

Vicente Aleixandre.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

No queremos morir.


Los amantes no tienen vocación de morir. «¿Moriremos?»
Tú me lo dices, mirándome absorta con ojos grandes: -¡Por siempre!-
-Por siempre-, -nunca-: palabras
que los amantes decimos, no por su vano sentido que fluye y pasa,
sino por su retención al oído, por su brusco tañir y su vibración prolongada,
que acaba ahora, que va cesando...,
que dulcemente se apaga
como una extinción en el sueño.

No queremos morir, ¿verdad, amor mío? Queremos vivir cada día.
Hacemos proyectos vagos para cuando la vejez venga.
Y decimos: -Tú siempre serás hermosa, y tus ojos los mismos;
ah, el alma allí coloreada, en la diminuta pupila,
quizá en la voz... Por sobre la acumulación de la vida,
por sobre todo io que te vaya ocultando
-si es que eso sea ocultarte, que no lo será, que no puede serlo-,
yo te reconoceré siempre-.
Allí saldrás, por el hilo delgado de la voz, por el brillo nunca del todo extinto de tu diminuto verdor en los ojos,
por el calor de la mano reconocible, por los besos callados.
Por el largo silencio de los dos cuerpos mudos, que se tientan, conocen.
Por el lento continuo emblanquecimiento de los cabellos,
que uno a uno haré míos.
Lento minuto diario que hecho gota nos une,
nos ata. Gota que cae y nos moja; la sentimos: es una.

Los dos nos hemos mirado lentamente.
¡Cuántas veces me dices: -No me recuerdes los años-!
Pero también me dices, en las horas del recogimiento y murmullo:
-Sí, los años son tú, son tu amor. ¡Existimos!-
Ahora que nada cambia, que nada puede cambiar,
como la vida misma, como yo, como juntos...
Lento crecer de la rama, lento curvarse, lento extenderse; lento,
al fin, allá lejos, lento doblarse. Y densa rama con fruto,
tan cargada, tan rica
-tan continuadamente juntos: como un don, como estarse-,
hasta que otra mano que sea, que será, la recoja,
más todavía que como la tierra, como amor, como beso.

Vicente Aleixandre.

martes, 5 de noviembre de 2019

El ruiseñor.


El ruiseñor, pavo real
facilísimo del pío,
envía su memorial
sobre la curva del río
lejos, muy lejos, a un día
parado en su mediodía,
donde un ave carmesí,
cenit de un primavera
redonda, perfecta esfera,
no responde nunca: sí.

Jorge Guillén.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Sin amor.


Fin de una vida, fin de un amor.
La noche aguarda.
Oh noche dura, silenciosa, inminente.
Oh soledad de un cuerpo que no ama a nadie.
Con un puño se arranca sombra,
solo sombra del pecho.
Aquí hubo sangre, aquí en este hueco
inmenso latió una vida;
aquí en esta húmeda soledad hubo voces,
dulces voces llamando.
¿Recuerdas? Hubo un aliento
que ascendía, exhalaba
un hombre y daba lumbre,
lumbre y vida a una boca.
Hubo una queja, un grito, una súplica hermosa,
hubo en el pecho el mismo viento dulce que allí en los labios
modeló luego el aliento de un beso.
Tienta, tienta, mano, esta madera fría
y torpe de una tabla sin venas.
Recorre esa forma sorda. Ya la noche amenaza.
Un sudario sin vida de tiniebla uniforme
te helará, larga tabla sin pesar que aún insiste.

Vicente Aleixandre.

jueves, 31 de octubre de 2019

Bar de esquina.


Se comprime el bar en la esquina
De unas calles muy populosas,
Y el gran estrépito del tráfico
De velocidad a la hora,
Que en el bar -son las dos, las tres-
Corre tanto que no se nota:
Ocios, negocios, hasta luego,
Carreras de caballos, hola...
Y con gracia la vida va,
Mortal inagotable, corta.

Jorge Guillén.

martes, 29 de octubre de 2019

En el lago.


Por la ciudad callada el niño pasa.
No hacen ruido las voces, ni los pasos.
Es un niño pequeño en su bicicleta.
Atraviesa la calle majestuosa, enorme, cruzada por los lentos tranvías.
Y sortea carruajes, carros finos, cuidados.
Y va suavemente con las manos al aire,
casi dichoso.
De pronto, ¿qué? Sí, el gran parque
que se lo traga.
¡Cómo pedalea por la avenida
central, rumbo al lago!
Y el niño quisiera entrar en el agua,
y por allí deslizarse, ligero sobre la espuma.
(¡Qué maravillosa bicicleta sobre las aguas,
rauda con su estela levísima!
¡Y qué desvariar por las ondas, sin pesar, bajo cielos!...)
Pero el niño se apea junto al lago. Una barca.
Y rema dulcemente, muy despacio, y va solo.
Allí la estatua grande sobre la orilla,
y en la otra orilla el sueño bajo los árboles.
Suena el viento en las ramas, y el niño se va acercando.
Es el verano puro de la ciudad, y suena el viento allí quedamente.
Sombras, boscaje, oleadas de sueño que cantan dulces.
Y el niño solo se acerca y rema, rema muy quedo.
Está cansado y es leve. Qué bien la sombra bajo los árboles.
Ah, qué seda o rumor... Y los remos penden, meciéndose.
Y el niño está dormido bajo las grandes hojas,
y sus labios frescos sueñan..., como sus ojos.

Vicente Aleixandre.

viernes, 25 de octubre de 2019

Bajo la luz primera.


Porque naciste en la aurora
y porque con tu mano mortal acariciaste suavemente la tenaz piel del tigre,
y porque no sabes si las aves cruzan hoy por los cielos o vuelan solamente
en el azul de tus ojos,
tú, no más ligero que el aire,
pero tan fugaz en la tierra,
naces, mortal, y miras
y entre solares luces pisando
hacia un soto desciendes.

Aposentado estás en el valle.
Dichoso miras la casi imagen de ti que,
más blanda, encontraste.
Amala prontamente. Todo el azul es suyo,
cuando en sus ojos brilla el envío dorado
de un sol de amor que vuela con alas en el fondo
de sus pupilas. Bebe, bebe amor.
¡Es el día!

¡Oh instante supremo del vivir! ¡Mediodía completo!
Enlazando una cintura rosada, cazando con tus manos
el palpitar de unas aves calientes en el seno,
sorprendes entre labios amantes el fugitivo soplo de la vida.

Y mientras sientes sobre tu nuca lentamente girar la bóveda celeste
tú estrechas un universo que de ti no es distinto.

Apoyado suavemente sobre el soto ligero,
ese cuerpo es mortal, pero acaso lo ignoras.
Roba al día su céfiro: no es visible, mas mira
cómo vuela el cabello de esa testa adorada.

Si sobre un tigre hermoso, apoyada, te contempla,
y una leve gacela más allá devora el luminoso césped,
tú derramado también, como remanso bordeas
esa carne celeste que algún dios te otorgara.

Águilas libres, cóndores soberanos,
altos cielos sin dueño que en plenitud deslumbran,
brillad, batid sobre la fértil tierra sin malicia.
¿Quién eres tú, mortal, humano, que desnudo en el día
amas serenamente sobre la hierba noble?
Olvida esa futura soledad, muerte sola,
cuando una mano divina cubra con nube gris el mundo nuevo.

Vicente Aleixandre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...