viernes, 16 de septiembre de 2022


Vida.


Ven disfrazada como quieras, muerte:
o rayo, o herida, o nudo que destraba
creyendo aniquilar lo que no acaba,
frustrada pamema que la nada vierte

confundiendo las ruinas con lo inerte
o restrojos con mies que el sol alaba,
según que muerte y vida en uno traba
dando a la tierra abono y al pan suerte.

Jamás muriéndose murió Cervantes,
ni cien mineros yertos, negra entraña,
harían si vivos más vivir España.

Todo lo de hoy viene, venero, de antes.
NI muerto viviré, siempre viviendo.
polvo, trabajo o bulto, sido y siendo.

Max Aub.

martes, 13 de septiembre de 2022

En verdad (Dádaso Alonso)



Los ojos, grandes, ojos
que parecen tentar. Ancha se ve la frente,
hoy que esparcida está en la luz tranquila,
posada, sobre el hervor profundo.
Pálida su mejilla. ¿Callada? 

Aún su forma de niño
ha avanzado hasta aquí. La boca, abajo,
parece que aún pronuncia los nombres: -Madre; la luz; el sueño;
quiero dormir-. Dormir... Pero sus ojos hondos velan, palpan.
Solicitan. Ah, cumplida verdad que un soplo inunda.

Porque este que aquí miráis con fondo madrileño,
nació, risueño un niño, junto al Madrid del Austria
en Madrid popular, y asomó pronto
por la Cava o subió hasta Palacio,
donde juegan los niños en el jardín de Oriente,
frente a la gravedad velazqueña del fondo,
en grises claros que sus ojos copian,
mientras la boca en burla juzga o ríe.

Después la adolescencia, no la turbia -loba-,
pero la clara fuerza en vida hirviente,

frente a los serenados ojos pensadores
-a veces una tristeza mate en su hondo celo.
Con un brillo levísimo,
delicado, que en la palabra da. Y un iris vuela.

Aún le recuerdo, en altas noches
de la ciudad, con frío y ciencia,
mirar largo, cual si la recogiese o sepultase
en su pecho. Y allá perderse
en otro amanecer.
                  O era a la inversa:
Desde el amanecer
salir a luz, entre pinar, cantueso,
por entre las encinas, rozando jaras,
pisar el monte vivo, con pie firme y marchar,
marchar, subir esa ladera,
correr esa cañada, desembocar en llano,
ascender al picacho,
divisar la subida del sol, el ave grande,
las alas grandes que a veces un instante
ponen sombra en la frente,
y allí la libertad, el pecho abierto,
los ojos puros en el aire fuerte,
y el canto. La palabra, otro iris
de cumbre a río, o un puente
para el pie de la vida.

La letra enseña o mata.
Pero este vive
en su doble valor. La vida es breve;
justo para decir
Eulalia. Un soplo cierto

que lentísimo pasa, y en él la letra vive,
significa, reduce, ensancha. El campo, eí mundo.
El universo rueda. Un joven ama.

Nada vale mentir. La verdad ávida
fue la enseña de este vivir. No vale gloria
-vivir- si con mentira muere.
Y si de esa frente el campo
desguarnecido está, y si de esos ojos
la luz cansada tras cristales puja,
por su verdad hoy jura la boca misma que besó y aún ama.
La que adujo verdad con ciencia extrema,
como ese brazo tiende su ademán y señala
al hombre y dibuja el contorno,
y definido está, con tristes luces.

¡Basta! Amor contradicción sería
si no fuera una síntesis humana, y el que condena
levanta, y el que calla no juzga
y el que habla perdona y dulce infiere.
Y: -vosotros-, o -yo-. Lo mismo. Y viven.
Enormemente. Dámaso cual Dámaso.
Macromundo. Total. Que un pecho encierra.

Este que aquí miráis
sus ojos abre. ¿Veis? Es la luz,
la misma luz que redentora sube
desde el niño; que pasa
por los umbrales ciegos donde durmió extendido
-sí, pasaje, verdad-, y sigue y roza
la mejilla callada, la mano lenta que esas hojas dobla,
y la ventana misma por donde ahora ese poniente dulce
se filtra en soplos
hasta tocar los ojos y cerrarlos. Duerme...

Vivir, vivir. Sentidos, pensamientos,
acciones. El mundo; su verdad. La flecha cierta.
Pasada el alma, en pie, cruza aún quien vive.
Y cuando el cuerpo se desplome, el aire
cual Dámaso, empujará la luz de su hondo sueño.

Vicente Aleixandre.

viernes, 9 de septiembre de 2022

 

La hermanilla.


A Conchita.


Tenía la naricilla respingona, y era menuda,
¡Cómo le gustaba correr por la arena!

Y se metía en el agua,
y nunca se asustaba.
Flotaba allí como si aquel hubiera sido siempre su natural elemento.
Como si las olas la hubieran acercado a la orilla,
trayéndola desde lejos, inocente en la espuma,

con los ojos abiertos bajo la luz.
Rodaba luego con la onda sobre la arena y se reía,

 risa de niña en la risa del mar,
y se ponía de pie, mojada, pequeñísima,
como recién salida de las valvas de nácar,
y se adentraba en la tierra,
como en préstamo de las olas.

¿Te acuerdas?
Cuéntame lo que hay allí en el fondo del mar.
Dime, dime, yo le pedía.
No recordaba nada.
Y riendo se metía otra vez en el agua
y se tendía sumisamente sobre las olas.


Vicente Aleixandre.

martes, 6 de septiembre de 2022


A Pizca.


Bestia que lloras a mi lado, dime:
¿Qué dios huraño
Te remueve la entraña?
¿A quién o a qué vacío
Se dirige tu anhelo,
Tu oscuro corazón?
¿Por qué gimes, qué husmeas, qué avizoras?
¿Husmeas, di, la muerte?
¿Aúllas a la muerte,
Proyectada, cual otro can famélico,
Detrás de mí, de tu amo?
Ay, Pizca,
Tu terror es quizá solo el del hombre
Que el bieldo enarbolaba,
O el horror a la fiera
Más potente que tú.
Tú, sí, Pizca; tal vez lloras por eso
Yo, no.

Lo que yo siento es
un horror inicial de nebulosa;
o ese espanto al vacío,
cuando el ser se disuelve, esa amargura,
del astro que se enfría entre lumbreras
más jóvenes, con frío sideral,
con ese frío que termina
en la primera noche, aún no creada;
o esa verdosa angustia del cometa
que antorcha aún, como oprimida antorcha,
invariablemente, indefinidamente, cae,
pidiendo destrucción, ansiando choque.
Ah, sí, que es más horrible
infinito caer sin dar en nada,
sin nada en que chocar. Oh viaje negro,
oh poza del espanto:
y, cayendo, caer y caer siempre.

Dámaso Alonso.


viernes, 2 de septiembre de 2022

 


Sueño de las dos ciervas.


¡Oh terso claroscuro del durmiente!
Derribadas las lindes, fluyó el sueño.
Sólo el espacio.

Luz y sombra, dos ciervas velocísimas,
huyen hacia la hontana de aguas frescas,
centro de todo.

¿Vivir no es más que el roce de su viento?
Fuga del viento, angustia, luz y sombra:
forma de todo.

Y las ciervas, las ciervas incansables,
flechas emparejadas hacia el hito,
huyen y huyen.

El árbol del espacio. (Duerme el hombre)
Al fin de cada rama hay una estrella.
Noche: los siglos.

Duerme y se agita con terror: comprende.
Ha comprendido, y se le eriza el alma.
¡Gélido sueño!

Huye el gran árbol que florece estrellas,
huyen las ciervas de los pies veloces,
huye la fuente.

¿Por qué nos huyes, Dios, por qué nos huyes?
Tu veste en rastro, tu cabello en cauda,
¿dónde se anegan?

¿Hay un hondón, bocana del espacio,
negra rotura hacia la nada, donde
viertes tu aliento?

Ay, nunca formas llegarán a esencia,
nunca ciervas a fuente fugitiva.
¡Ay, nunca, nunca!

Dámaso Alonso.

viernes, 15 de julio de 2022

     Padre mío.


A mi hermana.


Lejos estás, padre mío, allá en tu reino de las sombras.
Mira a tu hijo, oscuro en esta tiniebla huérfana,
lejos de la benévola luz de tus ojos continuos.
Allí nací, crecí; de aquella luz pura
tomé vida, y aquel fulgor sereno
se embebió en esta forma, que todavía despide,
como un eco apagado, tu luz resplandeciente.

Bajo la frente poderosa, mundo entero de vida,
mente completa que un humano alcanzara,
sentí la sombra que protegió mi infancia. Leve, leve,
resbaló así la niñez como alígero pie sobre una hierba noble,
y si besé a los pájaros, si pude posar mis labios
sobre tantas alas fugaces que una aurora empujara,
fue por ti, por tus benévolos ojos que presidieron mi nacimiento
y fueron como brazos que por encima de mi testa cernían
la luz, la luz tranquila, no heridora a mis ojos de niño.

Alto, padre, como una montaña que pudiera inclinarse,
que pudiera vencerse sobre mi propia frente descuidada
y besarme tan luminosamente, tan silenciosa y puramente
como la luz que pasa por las crestas radiantes
donde reina el azul de los cielos purísimos.

Por tu pecho bajaba una cascada luminosa de bondad, que tocaba
luego mi rostro y bañaba mi cuerpo aún infantil, que emergía
de tu fuerza tranquila como desnudo, reciente,
nacido cada día de ti, porque tú fuiste padre
diario, y cada día yo nací de tu pecho, exhalado
de tu amor, como acaso mensaje de tu seno purísimo.
Porque yo nací entero cada día, entero y tierno siempre,
y débil y gozoso cada día hollé naciendo
la hierba misma intacta: pisé leve, estrené brisas,
henchí también mi seno, y miré el mundo
y lo vi bueno. Bueno tú, padre mío, mundo mío, tú solo.

Hasta la orilla del mar condujiste mi mano.
Benévolo y potente tú como un bosque en la orilla,
yo sentí mis espaldas guardadas contra el viento estrellado.
Pude sumergir mi cuerpo reciente cada aurora en la espuma,
y besar a la mar candorosa en el día,
siempre olvidada, siempre, de su noche de lutos.

Padre, tú me besaste con labios de azul sereno.
Limpios de nubes veía yo tus ojos,
aunque a veces un velo de tristeza eclipsaba a mi frente
esa luz que sin duda de los cielos tomabas.
Oh padre altísimo, oh tierno padre gigantesco
que así, en los brazos, desvalido, me hubiste.

Huérfano de ti, menudo como entonces, caído sobre una hierba triste,
heme hoy aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia,
mientras pienso en tu forma sagrada, habitadora acaso de una sombra amorosa,
por la que nunca, nunca tu corazón me olvida.

Oh padre mío, seguro estoy que en la tiniebla fuerte
tú vives y me amas. Que un vigor poderoso,
un latir, aún revienta en la tierra.
Y que unas ondas de pronto, desde un fondo, sacuden
a la tierra y la ondulan, y a mis pies se estremece.

Pero yo soy de carne todavía. Y mi vida
es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy,
solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin verte,
derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente te imitan.

Vicente Aleixandre.

lunes, 11 de julio de 2022


 
Como me duermes al niño.

Como me duermes al niño,
enorme cuna del mundo,
cuna de noche de agosto!
El viento me lo acaricia
en las mejillas
y lo que canta en los árboles
tiene sonsón de nanita
para que se duerma pronto.
Suaves estrellas le guardan
de mucha luz y de mucha
tiniebla para los ojos.
Y parece que se siente
rodar la tierra muy lenta,
sin más vaivén que el preciso
para que se duerma el niño,
hijo mío e hijo suyo.

Pedro Salinas.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...