viernes, 2 de septiembre de 2022

 


Sueño de las dos ciervas.


¡Oh terso claroscuro del durmiente!
Derribadas las lindes, fluyó el sueño.
Sólo el espacio.

Luz y sombra, dos ciervas velocísimas,
huyen hacia la hontana de aguas frescas,
centro de todo.

¿Vivir no es más que el roce de su viento?
Fuga del viento, angustia, luz y sombra:
forma de todo.

Y las ciervas, las ciervas incansables,
flechas emparejadas hacia el hito,
huyen y huyen.

El árbol del espacio. (Duerme el hombre)
Al fin de cada rama hay una estrella.
Noche: los siglos.

Duerme y se agita con terror: comprende.
Ha comprendido, y se le eriza el alma.
¡Gélido sueño!

Huye el gran árbol que florece estrellas,
huyen las ciervas de los pies veloces,
huye la fuente.

¿Por qué nos huyes, Dios, por qué nos huyes?
Tu veste en rastro, tu cabello en cauda,
¿dónde se anegan?

¿Hay un hondón, bocana del espacio,
negra rotura hacia la nada, donde
viertes tu aliento?

Ay, nunca formas llegarán a esencia,
nunca ciervas a fuente fugitiva.
¡Ay, nunca, nunca!

Dámaso Alonso.

viernes, 15 de julio de 2022

     Padre mío.


A mi hermana.


Lejos estás, padre mío, allá en tu reino de las sombras.
Mira a tu hijo, oscuro en esta tiniebla huérfana,
lejos de la benévola luz de tus ojos continuos.
Allí nací, crecí; de aquella luz pura
tomé vida, y aquel fulgor sereno
se embebió en esta forma, que todavía despide,
como un eco apagado, tu luz resplandeciente.

Bajo la frente poderosa, mundo entero de vida,
mente completa que un humano alcanzara,
sentí la sombra que protegió mi infancia. Leve, leve,
resbaló así la niñez como alígero pie sobre una hierba noble,
y si besé a los pájaros, si pude posar mis labios
sobre tantas alas fugaces que una aurora empujara,
fue por ti, por tus benévolos ojos que presidieron mi nacimiento
y fueron como brazos que por encima de mi testa cernían
la luz, la luz tranquila, no heridora a mis ojos de niño.

Alto, padre, como una montaña que pudiera inclinarse,
que pudiera vencerse sobre mi propia frente descuidada
y besarme tan luminosamente, tan silenciosa y puramente
como la luz que pasa por las crestas radiantes
donde reina el azul de los cielos purísimos.

Por tu pecho bajaba una cascada luminosa de bondad, que tocaba
luego mi rostro y bañaba mi cuerpo aún infantil, que emergía
de tu fuerza tranquila como desnudo, reciente,
nacido cada día de ti, porque tú fuiste padre
diario, y cada día yo nací de tu pecho, exhalado
de tu amor, como acaso mensaje de tu seno purísimo.
Porque yo nací entero cada día, entero y tierno siempre,
y débil y gozoso cada día hollé naciendo
la hierba misma intacta: pisé leve, estrené brisas,
henchí también mi seno, y miré el mundo
y lo vi bueno. Bueno tú, padre mío, mundo mío, tú solo.

Hasta la orilla del mar condujiste mi mano.
Benévolo y potente tú como un bosque en la orilla,
yo sentí mis espaldas guardadas contra el viento estrellado.
Pude sumergir mi cuerpo reciente cada aurora en la espuma,
y besar a la mar candorosa en el día,
siempre olvidada, siempre, de su noche de lutos.

Padre, tú me besaste con labios de azul sereno.
Limpios de nubes veía yo tus ojos,
aunque a veces un velo de tristeza eclipsaba a mi frente
esa luz que sin duda de los cielos tomabas.
Oh padre altísimo, oh tierno padre gigantesco
que así, en los brazos, desvalido, me hubiste.

Huérfano de ti, menudo como entonces, caído sobre una hierba triste,
heme hoy aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia,
mientras pienso en tu forma sagrada, habitadora acaso de una sombra amorosa,
por la que nunca, nunca tu corazón me olvida.

Oh padre mío, seguro estoy que en la tiniebla fuerte
tú vives y me amas. Que un vigor poderoso,
un latir, aún revienta en la tierra.
Y que unas ondas de pronto, desde un fondo, sacuden
a la tierra y la ondulan, y a mis pies se estremece.

Pero yo soy de carne todavía. Y mi vida
es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy,
solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin verte,
derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente te imitan.

Vicente Aleixandre.

lunes, 11 de julio de 2022


 
Como me duermes al niño.

Como me duermes al niño,
enorme cuna del mundo,
cuna de noche de agosto!
El viento me lo acaricia
en las mejillas
y lo que canta en los árboles
tiene sonsón de nanita
para que se duerma pronto.
Suaves estrellas le guardan
de mucha luz y de mucha
tiniebla para los ojos.
Y parece que se siente
rodar la tierra muy lenta,
sin más vaivén que el preciso
para que se duerma el niño,
hijo mío e hijo suyo.

Pedro Salinas.

jueves, 7 de julio de 2022

  El andaluz.


Sombra hecha de luz,
que templando repele,
es fuego con nieve
el andaluz.

Enigma al trasluz,
pues va entre gente solo,
es amor con odio
el andaluz.

Oh hermano mío, tú.
Dios, que te crea,
será quién comprenda
al andaluz.

Luis Cernuda.


lunes, 4 de julio de 2022

 


La sangre.


Mas si el latido empuja
sangre y en oleadas lentas va indagando,
va repartiendo,
por los brazos, hasta afinarse en yema;
por las piernas hasta tocar la tierra,
casi la tierra,
sin alcanzarla nunca
(una frontera, apenas una lámina,
separa linfa y tierra, destinadas a unirse
pero mucho más tarde.
Oh bodas diferidas, mas seguras).

Digo que si el latido empuja
y por el brazo llega al extremo, y va alegre,
refrescando, otorgando,
con nueva juventud y se diría
que con nueva esperanza...
cuando vuelve va oscura
-sangre apagada y triste de los hombres-
sombra que por sus túneles regresa
a su origen continuo.

¿Cuál es su carga?, dime.

Llegó a la mano y esta
ahora soltaba el puño del arado,
o depuso una pluma,
o venía de enjugar la frente húmeda,
para lo cual el hierro
activo -azada o pala o filo-
quedó un instante en sombra.

El riego alegre recogió la carga,
todo el conocimiento del esfuerzo oscuro,
y emprendió su regreso.
¡Sangre cargada de la ciencia humana!
Hacia arriba, despacio,
como un inmenso lastre se adentraba
más en el hombre. Primero por su brazo,
sabio de su dolor, luego en su hombro:
¡cómo pesaba inmensa!
Luego, por su camino horizontal buscando a ciegas
el descanso, la fuente,
el manantial de luz, de vida: el fresco
pozo donde lavar su oscura túnica
y levantarse nueva, suavemente empujada,
suavemente creída, como oreada,
para emprender de nuevo, sin memoria,
su dulce curiosidad,
su indagación primera, su sorpresa, su firme y pura y honda
esperanza diaria.

Es la verdad que algunas veces en la boca aún destella
y se hace
una palabra humana.

Vicente Aleixandre.

jueves, 30 de junio de 2022

 


La voz a ti debida.

(Versos 1765 a 1791)

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
Ios pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas.
Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!
Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.
Y como tú eres la frágil,
la apenas siendo, tiernísima,
tú tienes que ser la muerta.
Tú dejarás que te mate,
que siga viviendo ella,
embustera, falsa tú,
pero tan igual a ti
que nadie se acordará
sino yo de lo que eras.
Y vendrá un día
-porque vendrá, sí, vendrá-
en que al mirarme a los ojos
tú veas
que pienso en ella y la quiero:
tú veas que no eres tú.

Pedro Salinas.

lunes, 27 de junio de 2022

 

    A una habitación.


Prisión de cal y de canto,
ataúd de piso y techo,
anclado en la cruz exacta
de los espacios y el tiempo,
en mar de campos, marina
de horas mansas, tierra adentro:

Seis planos pulcros velaban
un corazón volandero
(puerta patente a la vida;
ventana abierta al ensueño),
y una lámpara soñaba,
dormida, en la noche, puerto.

Desarraigado de ti,
por mar, por tierra, me muevo.
Por forma y luz: hondo tajo
de olvido, que cruza el tiempo,
puente, roto hacia mi vida,
de orillas de tu recuerdo.

Que, aguas azules, los días
te irán los muros lamiendo,
y un viento frío, el espacio,
te impele, navío muerto,
a medida que tu carne
rasgo, mi tierra, y me alejo.

Dámaso Alonso.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...