lunes, 25 de noviembre de 2019

Primera navidad.


(A. G. 1959)

Dice nerviosa, la niña:
-¡Santa Claus! No habrá venido-.
Expectantes, vamos todos
A descubrir el prodigio,
Y ante ella, que nos precede,
Surge el Árbol, encendido,
Con sus tesoros. ¡Son muchos!
Y la niña queda en vilo,
Gravemente inmóvil bajo
La amenaza de un peligro.
Es imposible afrontar
Sin terror el Paraíso.

Jorge Guillén.

viernes, 22 de noviembre de 2019

El sol victorioso.


No pronuncies mi nombre
imitando a los árboles
que sacuden su triste cabellera,
empapada de luna en las noches de agosto
bajo un cielo morado donde nadie ha vivido.

No me llames
como llama a la tierra su viento
que no la toca, su triste viento u oro que rozándola pasa, sospechando
el carbón que vigilante encierra.

Nunca me digas que tu sombra es tan dura
como un bloque con límites que en la sombra reposa,
bloque que se dibuja contra un cielo parado,
junto a un lago sin aire, bajo una luna vacia.

El sol, el fuerte, el duro y brusco sol que deseca pantanos,
que atiranta los labios, que cruje como hojas secas entre los labios mismos,
que redondea rocas peladas como montes de carne,
como redonda carne que pesadamente aguanta la caricia tremenda,
la mano poderosa que estruja masas grandes,
que ciñe las caderas de esos tremendos cuerpos
que los ríos aprietan como montes tumbados.


El sol despeja siempre noches de luna larga,
interminables noches donde los filos verdes,
donde los ojos verdes,
donde las manos verdes
son solo verdes túnicas, telas mojadas verdes,
son solo pechos verdes,
son solo besos verdes entre moscas ya verdes.

El sol o mano dura,
o mano roja, o furia, o ira naciente.
El sol que hace a la tierra una escoria sin muerte.
No, no digas mi nombre como luna encerrada,
como luna que entre los barrotes de una jaula nocturna
bate como los pájaros, como quizá los ángeles,
como los verdes ángeles que en un agua han vivido.

Huye, como huiría el pantano que un hombre
ha visto formarse sobre su pecho,
crecer sobre su pecho,
y ha visto que su sangre como nenúfar surte,
mientras su corazón bulle como oculta burbuja.

Las mojadas raíces
que un hombre siente en su pecho, bajo la noche apagada,
no son vida ni muerte, sino quietud o limo,
sino pesadas formas de culebras de agua
que entre la carne viven sin un musgo horadado.

No. no digas mi nombre,
noche horrenda de agosto, de un imposible enero;
no, no digas mi nombre,
pero mátame, oh sol, con tu justa cuchilla.

Vicente Aleixandre.

martes, 19 de noviembre de 2019

Vaso de agua.


No es mi sed, no son mis labios
Quienes se placen en esa
frescura ni con resabios
de museo se embelesa
mi visión de tal aplomo:
líquido volumen como
cristal que fuese aún más terso.
Vista y fe son a la vez
quienes te ven, sencillez
última del universo.

Jorge Guillén.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Impar 11. Óleo -Niño de Vallecas-



A veces ser humano es difícil.
Se nació casi al borde.
Helo aquí, y casi mira.
Desde su estar inmóvil rompe el aire
y asoma súbito a este frente:
aquí es asombro.
Pues está y os contempla, o más,
pide ser visto, y más: mirado, salvo.
Tiene su pelo mixto, cubriendo
desigual la enorme masa,
y luego, más despacio, la mano de quien aquí lo puso trazó lenta la frente,
la inerte frente que sería y no fuese,
no era. La hizo despacio como quien traza un mundo
a oscuras, sin iluminación posible,
piedra en espacios que nació sin vida
para rodar externamente yerta.
Pero esa mano sabia, humana, más despacio lo hizo,
aquí lo puso como materia, y dándole
su calidad con tanto amor que más verdad sería:
sería más luces, y luz daba esa piedra.
La frente muerta dulcemente brilla,
casi riela en la penumbra, y vive.
Y enorme veía sobre unos ojos mudos,
horriblemente dulces, al fondo de su estar, vitreos, sin lágrima.

La pesada cabeza, derribada hacia atrás, mira, no mira,
pues nada ve. La boca está entreabierta;
solo por ella alienta, y los bracitos cortos juegan, ríen,
mientras la cara grande muerta, ofrécese.

La mano aquí lo pintó, lo acarició
y más: lo respetó, existiendo.
Pues era. Y la mano apenas lo resumió exaltando
su dimensión veraz. Más templó el aire,
lo hizo más verdadero en su oquedad posible
para el ser, como una onda que límites se impone
y dobla suavemente en sus orillas.

Si le miráis le veréis hoy ardiendo
como en húmeda luz, todo él envuelto
en verdad, que es amor, y ahí adelantado, aducido,
pidiendo, suplicando sin voz: pide ser salvo.
Miradle, sí; salvadle. Él fía en el hombre.

Vicente Aleixandre.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

No queremos morir.


Los amantes no tienen vocación de morir. «¿Moriremos?»
Tú me lo dices, mirándome absorta con ojos grandes: -¡Por siempre!-
-Por siempre-, -nunca-: palabras
que los amantes decimos, no por su vano sentido que fluye y pasa,
sino por su retención al oído, por su brusco tañir y su vibración prolongada,
que acaba ahora, que va cesando...,
que dulcemente se apaga
como una extinción en el sueño.

No queremos morir, ¿verdad, amor mío? Queremos vivir cada día.
Hacemos proyectos vagos para cuando la vejez venga.
Y decimos: -Tú siempre serás hermosa, y tus ojos los mismos;
ah, el alma allí coloreada, en la diminuta pupila,
quizá en la voz... Por sobre la acumulación de la vida,
por sobre todo io que te vaya ocultando
-si es que eso sea ocultarte, que no lo será, que no puede serlo-,
yo te reconoceré siempre-.
Allí saldrás, por el hilo delgado de la voz, por el brillo nunca del todo extinto de tu diminuto verdor en los ojos,
por el calor de la mano reconocible, por los besos callados.
Por el largo silencio de los dos cuerpos mudos, que se tientan, conocen.
Por el lento continuo emblanquecimiento de los cabellos,
que uno a uno haré míos.
Lento minuto diario que hecho gota nos une,
nos ata. Gota que cae y nos moja; la sentimos: es una.

Los dos nos hemos mirado lentamente.
¡Cuántas veces me dices: -No me recuerdes los años-!
Pero también me dices, en las horas del recogimiento y murmullo:
-Sí, los años son tú, son tu amor. ¡Existimos!-
Ahora que nada cambia, que nada puede cambiar,
como la vida misma, como yo, como juntos...
Lento crecer de la rama, lento curvarse, lento extenderse; lento,
al fin, allá lejos, lento doblarse. Y densa rama con fruto,
tan cargada, tan rica
-tan continuadamente juntos: como un don, como estarse-,
hasta que otra mano que sea, que será, la recoja,
más todavía que como la tierra, como amor, como beso.

Vicente Aleixandre.

martes, 5 de noviembre de 2019

El ruiseñor.


El ruiseñor, pavo real
facilísimo del pío,
envía su memorial
sobre la curva del río
lejos, muy lejos, a un día
parado en su mediodía,
donde un ave carmesí,
cenit de un primavera
redonda, perfecta esfera,
no responde nunca: sí.

Jorge Guillén.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Sin amor.


Fin de una vida, fin de un amor.
La noche aguarda.
Oh noche dura, silenciosa, inminente.
Oh soledad de un cuerpo que no ama a nadie.
Con un puño se arranca sombra,
solo sombra del pecho.
Aquí hubo sangre, aquí en este hueco
inmenso latió una vida;
aquí en esta húmeda soledad hubo voces,
dulces voces llamando.
¿Recuerdas? Hubo un aliento
que ascendía, exhalaba
un hombre y daba lumbre,
lumbre y vida a una boca.
Hubo una queja, un grito, una súplica hermosa,
hubo en el pecho el mismo viento dulce que allí en los labios
modeló luego el aliento de un beso.
Tienta, tienta, mano, esta madera fría
y torpe de una tabla sin venas.
Recorre esa forma sorda. Ya la noche amenaza.
Un sudario sin vida de tiniebla uniforme
te helará, larga tabla sin pesar que aún insiste.

Vicente Aleixandre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...