martes, 30 de julio de 2019

La poesía llega... Ahí está.


La Poesía llega como un gendarme
a la casa del crimen.
Ahí está. Viene porque la he llamado yo.

Ya viene con su ademán desnudo,
con su mirada sin cortinas,
con su mirada sin eclipse...
con su mirada que no se esconde
nunca bajo el toldo de los párpados
ni a la sombra de las pestañas...
Viene con su mirada abierta siempre.

La Poesía llega con su apostura fría,
cínica,
inmisericorde...
como un soldado terrible,
como un sayón, como un sargento encargado del cacheo y del desahucio,
como un oficial eclesiástico de la Inquisición,
como el escribano con su mazo de infolios donde se va
a escribir el inventario de todo lo que se esconde bajo el sótano,
como el confesor con su saco blindado donde se van a meter
los crímenes,
las herejías,
los ídolos falsos,
las lámparas votivas alimentadas con alquitrán.

La Poesía llega.
Viene porque la he llamado yo.
Viene a confesarme y registrarme.

Un hombre cualquiera puede ser el poeta:
el publicano que no sabe rezar...
también el publicano...
cualquier publicano..., el último publicano.
Porque también el corazón de los inconsiderados
entenderá la sabiduría...
y la lengua de los balbucientes
hablará clara y expedita.
Y el poeta es el hombre que llama a la poesía sin miedo.

Al gran sayón..., al viejo sayón inmisericorde,
y le dice cuando llega a su puerta: Entra,
Quiero saber dónde vivo.
¡Hay tantas sombras,
tantas telarañas
y tantos fantasmas aquí dentro!
Entra.
Tú eres la Poesía... la Verdad y la Luz
¿No es así?
La que abre las ventanas
y rompe los goznes de las puertas...
¿No es así?
La que ahuyenta el trote de las ratas
y apaga el ruido espectral de la polilla en la madera.
¿No es así?
La que barre cortezas caídas y los vidrios quebrados
que se amontonan en los rincones tenebrosos...
¿No es así?
La que encuentra los grandes versos perdidos y los
grandes sueños que en la revuelta de las pesadillas
se escondieron entre las circunvoluciones del colchón...
¿No es así?
La que encuentra también el cardiograma olvidado entre
los folios del viejo libro polvoriento, el cardiograma
donde se registran los golpes del fantasma apócrifo y
los del ángel del destino...
¿No es así?
La que sabe dónde está la soga que una noche amarré
de la viga más recia...
¿No es así?
La que viene a apretar y a exprimir la vejiga de las
lágrimas hasta la última gota de sangre y de leche...
¿No es así?
La que viene a tapiar con ladrillos de fuego el cuarto
donde la lujuria y el sexo envenenado guardan los
negros sueños espantosos...
¿No es así?
Tienes una llave, ¿verdad?
y una piqueta... y un hacha...
y una mecha encendida
y una escoba
y unos ojos sin párpados...
¿No es así?
Tú eres... ¡tú eres!
A ti te he llamado.
No eres la hermosa doncella vestida de blanco
y con una ramita de laurel
para el bonete del juglar.
Eres dura, seca... y fea... fea
como la verdad para el criminal... para mi.
Yo soy un criminal...
un criminal... como cualquier hombre de la tierra,
un criminal... como cualquier ciudadano del mundo.
Soy el gran criminal vestido de hollín y de betún
que loco y fugitivo recorre este planeta apagado y tenebroso.
Lo confesaré todo:
He asesinado a la Belleza
y he apuñalado a la Alegría...
He ahogado a la estrella
y he arrojado la lámpara al pantano.
¡Mirad mis manos chorreando sombras!
¡Mirad estas manos de carbón llenando de humo el aire
y apagando las últimas pupilas,
las luciérnagas, los faros y los astros.

¡Sálvame!... Quiero la Luz
¡Sálvame!... Quiero ver la luz... ¡Sálvame!
Te he llamado para que me salves.
Y te he llamado a ti...
no a la hermosa doncella vestida de blanco
con una ramita de laurel
para el bonete del juglar.
Te he llamado a ti... a ti... viejo sayón inmisericorde.
Y te he llamado para que luego de oírme
registres esta cueva,
abras las ventanas,
derribes las puertas,
barras las tinieblas,
quemes mis entrañas
y dejes entrar de nuevo en esta casa subterránea
en este cuerpo funeral...
la Alegría y la Belleza resurrectas,
como un río de luz sin presas y sin frenos.

León Felipe.

lunes, 29 de julio de 2019

Adiós a los campos.



No he de volver, amados cerros, elevadas montañas,
gráciles ríos fugitivos que sin adiós os vais.
Desde esta suma de piedra temerosa diviso el valle.
Lejos el sol poniente, hermoso y robusto todavía, colma de amarillo esplendor la cañada tranquila.
Y allá remota la llanura dorada donde verdea siempre el inmarchito día, muestra su plenitud
sin fatiga bajo un cielo completo.
¡Todo es hermoso y grande!
El mundo está sin límites.
Y solo mi ojo humano adivina allá lejos la linde,
fugitiva mas terca en sus espumas,
de un mar de día espléndido que de un fondo
de nácares tornasolado irrumpe.

Erguido en esta cima, montañas repetidas,
yo os contemplo, sangre de mi vivir que amasó vuestra piedra.
No soy distinto, y os amo. Inútilmente esas plumas
de los ligeros vientos pertinaces,
alas de cóndor o, en lo bajo,
diminutas alillas de graciosos jilgueros,
brillan al sol con suavidad: la piedra
por mí tranquila os habla, mariposas sin duelo.
Por mí la hierba tiembla hacia la altura, más celeste que el ave.

Y todo ese gemido de la tierra, ese grito que siento
propagándose loco de su raíz al fuego
de mi cuerpo, ilumina los aires,
no con palabras: vida, vida, llama, tortura,
o gloria soberana que sin saberlo escupo.

Aquí en esta montaña, quieto como la nube,
como la torva nube que aborrasca mi frente,
o dulce como el pájaro que en mi pupila escapa,
miro el inmenso día que inmensamente cede.
Oigo un rumor de foscas tempestades remotas
y penetro y distingo el vuelo tenue, en truenos,
de unas alas de polvo transparente que brillan.

Para mis labios quiero la piel terrible y dura
de ti, encina tremenda que solitaria abarcas
un firmamento verde de resonantes hojas.
Y aquí en mi boca quiero, pido amor, leve seda
de ti, rosa inviolada que como luz transcurres.

Sobre esta cima solitaria os miro,
campos que nunca volveréis por mis ojos.
Piedra del sol inmensa: entero mundo,
y el ruiseñor tan débil que en su borde lo hechiza.

Vicente Aleixandre.

viernes, 26 de julio de 2019

Riña.


La luna.
Cómo se yergue la sombra.
Cómo se baten.
Déjame que entre las ramas
presencie todo el combate.

Podrá la luz, vigorosa
de plata, herir triunfante
a la noche, cuyo escudo
salta, de acero inconstante,

mas no podrá rematarla
sino a traición, sin combate,
cuando en sigilo la luna
sobre su espalda se alce.

¡Cuchillos blancos!
¡Qué armas de listo filo brillante
entierran sus lenguas vivas
en la torpe sombra mate!

La herida se ensancha.
Abierta, la noche pierde su sangre.
¡Qué borbotones de brillos
sobre la tierra se expanden!

Flagrante crimen.
La luna alza sus armas, las blande
cruel con lujo y azota
la sorda quietud del aire.

La noche es suya.
¡Qué cuerpo tendrá ya la noche exangüe!
Ahí queda sin que el tenue y fiel claror la delate.

Los cielos ruedan serenos.
Rueda la luna brillante.
¡Que el alba venga de prisa
y por sorpresa la mate!

Vicente Aleixandre.

jueves, 25 de julio de 2019

Cabeza en el recuerdo.



En óvalo tu rostro, de asechanzas
de sombras huye, sabe, y se proyecta
-faz en la luz en curso -recordado
-ondas sutiles de memoria-, y ama
ser y no ser, en cauce subterráneo.
Surte y se esconde. Rosas. Guadiana.
Finas pestañas tallan, rayan a hilo
paños de luz tendidos casi azules.
Párpados lentos cruzan y permiten
blancas -contactos -sedas deslizadas.
Obra de amor tejida sin ensueño:
sombra fresca, no verde, que hace a gusto
siesta a los ojos, blancos más los dientes.
Paréntesis oprimen las palabras.
Rojos de vida en carne suavemente
meta, carmín, jugosos les oponen:
palabras que se tocan con los labios,
desfallecen y mueren, besos lisos
dando al pasar cayendo sin sonido.
Las mejillas arriba. Siempre ausentes
púrpuras las coronan.. No: las aguas
de la tarde las mojan: flores húmedas,
casi de carne, son, y así, calientes,
pronto decaen y pasan. De memoria
doble montón de pétalos derramo.
Hondos, los dos, tus ojos nuevamente
a una futura sequedad previenen.
Toda la noche, ya jugosa y fresca,
pompa y fragancia a su velar les toma.
Tallos te crecen de tus ojos, yergue
alta la noche su ramaje, y savia
pura compartes, vegetal y humana.
Más alta, más, venciendo, la terraza
de tu frente paisajes mil -si turbio
tu rostro abajo- inventa transparentes.
Hiere a la luz el mármol: piel helada.
Piso, azotea. Abajo el río negro:
flojo el cabello pasa en ondas anchas.
Soberbio cauce lento que se lleva
ideas sumergidas, olvidadas.
Un acero de luz, plancha, las cubre.
El cabello hermosísimo navega.
Tu cuerpo al fondo tierra me parece:
un paisaje de sur abierto en aspa.
Riberas matinales. Quizás luces
en torso, mediodía, suben, queman.
Quizás, crepusculares, soles cumplen
-carne: horizonte- y tiñen las dos márgenes
-brazos de cobre, rojos, viajeros-.
Quizás el cielo sin azul vacila.
Vence tu rostro- el fondo sometido-,
duro compone su escultura y, plástico,
ámbito ensancha en mi memoria, y queda.

Vicente Aleixandre.

miércoles, 24 de julio de 2019

Ráfaga.


En lo negro te cojo,
pasajera de oro.
¿De que formas tu seno
en el molde del cielo?
¿Saliste de la rosa,
esencia de la sombra?
¿Bajaste de la estrella,
temblor de la belleza?
¿Qué más que cuerpo y alma
de mujer eres, ráfaga?
¿Que tercer sueño es ese
que te imanta tres veces?
¡Párate ante mis ojos!
¡No te lleves... lo otro!

Juan Ramón Jiménez.

martes, 23 de julio de 2019

Viaje. El agua.


El agua se borraba de la tierra
-aviadora y subterránea,
alma y cuerpo-
después de reflejar lo transeúnte
y el árbol florecido a su derecha.


Manuel Altolaguirre.

lunes, 22 de julio de 2019

Los Árabes.


Un río de luz traspasa
el corazón de esta tierra.
Hoy lo siento latir apasionado,
siento su pulso, su pisada
de caballo veloz en el desierto.

¡Oh tierra hermosa y pobre!
Te ha herido el doble río,
de esos brazos que unen
las Indias fabulosas y lejanas.
Ya no eres más el muro
en donde rebotaron los guerreros.
Aún veo volar sobre los campos
los buitres que comieron la carroña.


Manuel Altolaguirre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...