jueves, 13 de diciembre de 2018

La sima.


A la orilla el abismo sin figura
ensordece mis voces.
No, no llamo a nadie.
Mis ojos no penetran sordamente esas sombras.
¡Oh el abisal silencio que me absorbe!
¿Quién llama? ¿Quién me pide mi vida?
Una vida sin amor solo ofrezco.
¿Qué tristes poderosos aullidos
deletrean mi humano nombre?
¿Quién me quiere en las sombras?
Heladas aguas crudas, pesadamente negras,
o un vapor, un aliento fuliginoso y largo.
¿Quién sois? No sois ojos hermosos fulgurando un deseo,
una pasión hondísima desde el fondo insondable;
no sois sed de mi vida, llama, lengua que alcanza
con su cúspide cierta mi desnudo anhelante.
Inmensa boca oscura, abismático enigma,
fondo del mundo, cierto torcedor de mi vida.

Vicente Aleixandre.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

En el bosquecillo.


Así la vida es casi fácil.
La vida no es tan difícil.
Es día de fiesta, nos levantamos por la mañana,
y el mar está enfrente.
Pesada plata con luz, con lomo tranquilo.
A veces una barquilla resbala; apenas se mueve.
Y estamos los dos asomados.
¡Qué hermoso ese cielo!
Cielo grande, rendido, redondo, completo.
Cielo todo sobre las aguas.
Y salimos. Y la ciudad asciende, y arriba está verde.
Ah, tranquilo bosque donde a veces moramos.

Largo es el día en sus troncos.
Y allí la tarde de arriba adviene. Es la luz.
Tamizada entre los pinos, pura, fresquísima.
Toda la idealidad se presiente invisible,
más allá de las copas ligeras.
Pero a nosotros nos basta esta pasión serenada en bondad,
este alegrarse a la hora en que mirar el mar alejado que aguarda
es casi inocencia, es casi alegría continua que,
en un instante sin bordes, se diera.

Aquí en la eminencia, el bosquecillo, y allí abajo el mar desplegado,
el mar contenido, el mar en que tantas veces hemos bogado, sumos, en la mañana.
La tarde se cumple, y tú estás tendida, y yo veo las mariposas estivales,
los lentos gusanillos de colores, el diminuto insecto rojo que sube.
Por tu falda ruedan briznas, parecen rodar,
descolgándose para ello, los cánticos de los pájaros.
En tu dedo brilla una mota de sangre.
Pulcra coccinela que ha ido ascendiendo
y sobre tu uña un instante se queda y duda.
Elitros leves, finas alas interiores que sorprendentemente despliega.
Vuela y se aleja en el zumbido del bosque, puro, caliente.
Casi hubiera podido mirarla sobre tus ojos.
Punto dormido, punto encendido, allí como la vida toda, dulce en tus ojos.

Y luego bajamos.
Crujen las púas secas de los pinos bajo el pie claro.
Tarde encendida y clara. Tarde con humos.
Lejos el mar se calla.
Pesa, y aún brilla.

¿Oyes? Sí, allá la ciudad parece lentamente encenderse, baja, sin ruido.
Y nosotros ya no nos vemos.
Ven. ¡Qué ligeros!
En tu talle, la vida misma.
Casi volamos.
Casi nos derrumbamos, corriendo,
desde aquel monte, rumbo a la gloria.
Rumbo al silencio puro de ti,
oh noche.

Vicente Aleixandre.

martes, 11 de diciembre de 2018

Fin.


La luna con un puñal
desgarró la piel del aire.
La tierra por esa herida
desbordó sus ríos sin sangre.
Ya no se escucha el latir
del corazón de los mares.
Sin alma quedó la tierra:
¡qué palidez en los árboles!
Hombres sedientos clamaban,
incendiando las ciudades.
Miles de muertes pequeñas
en aquella muerte grande.
Fin del mundo.
Otros planetas.
Nuevos ríos, nuevos mares,
almas nuevas encarnando
en las misteriosas márgenes.


Manuel Altolaguirre.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Hombre solo.


¡Alegre y milagroso vencimiento
que das la libertad!...
Me fui, cantando, al campo verde.
Estaba el cielo blando,
saltona el agua y jugador el viento.

Niño puro otra vez, el pensamiento
se me iba en lo más íntimo ocultando,
del ignorado corazón.
Y andando, andando, se me abría el sentimiento...

¡Con qué encanto seguí las mariposas,
cómo cojí la malva del vallado,
y paré el agua con mi mano abierta!

Perdido en la alborada de las cosas,
el universo fui, resucitado
del corazón de la varona muerta.

  Juan Ramón Jiménez.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Equilibrio.


Es una maravilla respirar lo más claro.
Veo a través del aire la inocencia absoluta,
Y si la luz se posa como una paz sin peso,
El alma es quien gravita con creciente volumen.
Todo se rinde al ánimo de un sosiego imperioso.
A mis ojos tranquilos más blancura da el muro,
Entre esas rejas verdes lo diario es lo bello,
Sobre la mies la brisa como una forma ondula,
Hasta el silencio impone su limpidez concreta.
Todo me obliga a ser centro del equilibrio.


Jorge Guillén.

martes, 4 de diciembre de 2018

Noche cerrada.


Ah, triste, ah inmensamente triste
que en la noche oscurísima buscas ojos oscuros,
ve solo el terciopelo de la sombra
donde resbalan leves las silenciosas aves.
Apenas si una pluma espectral rozará tu frente,
como un presagio del vacío inmediato.
Inmensamente triste tú miras
la impenetrable sombra en que respiras.
Álzala con tu pecho penoso; un oleaje
de negror invencible, como columna altísima
gravita en el esclavo corazón oprimido.
Ah, cuán hermosas allá arriba en los cielos
sobre la columnaria noche arden las luces,
los libertados luceros que ligeros circulan,
mientras tú los sostienes con tu pequeño pecho,
donde un árbol de piedra nocturna te somete.

Vicente Aleixandre.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Las barcas. Playa.


Las barcas de dos en dos,
como sandalias del viento
puestas a secar al sol.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Sobre la arena tendido
como despojo del mar
se encuentra un niño dormido.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Y más allá, pescadores
tirando de las maromas
amarillas y salobres.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Manuel Altolaguirre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...