miércoles, 17 de octubre de 2018
Cantad, pájaros.
Pájaros, las caricias de vuestras alas puras
no me podrán quitar la entristecida memoria.
¡Qué clara pasión de un labio
dice el gorjeo de vuestro pecho puro!
Cantad por mí, pájaros centelleantes
que en el ardiente bosque convocáis alegría
y ebrios de luz os alzáis como lenguas
hacia el azul que inspirado os adopta.
Cantad por mí, pájaros que nacéis cada día
y en vuestro grito expresáis la inocencia del mundo.
Cantad, cantad, y elevaos con el alma
que me arrancáis, y no vuelva a la tierra.
Vicente Aleixandre.
martes, 16 de octubre de 2018
Mar en brega.

Otra vez te contemplo, mar en brega
Sin pausa de oleaje ni de espuma,
Y otra vez tu espectáculo me abruma
Con esa valentía siempre ciega.
Bramas, y tu sentido se me niega,
Y ya ante el horizonte se me esfuma
Tu inmensidad, y en una paz o suma
De forma no termina tu refriega.
Corren los años, y tu azul, tu verde
Sucesivos persisten siempre mozos
A través de su innúmera mudanza.
Soy yo quien con el tiempo juega y pierde,
Náufrago casi entre los alborozos
De este oleaje en que mi vida avanza.
Jorge Guillén.
lunes, 15 de octubre de 2018
Sombra de abril.

Mi cuerpo vivo y casi lo conozco;
apenas percibir puedo su forma
y solo cuando cruza por mis sueños
siento, por su dolor, que en él habito.
No sé cómo se llama, ni he sabido
cuál es su nombre nunca, ni lo quiero:
su nombre ha de formarse en su memoria;
la memoria de mi, que nunca es mía.
Pero nacido estoy, casi ya viejo
después de tantos duros vendavales
y en él se afila entera mi ternura,
hoy por la guerra, al borde de la muerte,
igual que antes miedosa mi esperanza
se afilaba, al nacer, junto a mi vida.
¡Oh forma persistente que así enredas
mi pensamiento al giro de las horas!,
¿adonde has de llevar mi eterna lucha
que siempre has de encontrarme desolado?
Aún la sombra de abril a mí se acerca,
como otras veces, cuando niño, he visto
acercarse su ardor junto a mis nervios
a despertar su angustia por mi sangre.
Aún su amenaza inquieta mis sentidos,
como ayer inquietó mi triste infancia
entre fantasmas, sueños y amarguras
de mi primera edad desamparada...
Igualmente me muestra sus auroras
e idéntica ilusión por mí desgrana.
Abril, en guerra o paz, siempre me encuentras
desconocido en medio del combate,
junto a las hojas de mi muerte, trémulo,
aguardando su eterna flor desnudo:
si como un árbol, bajo mi arboleda;
si débil yerba, entre mi compañía,
pero igual en la vida de mi suerte.
Siempre, al llegar, ves que mi cuerpo
sigue la romántica forma de su ausencia,
que un desmedido afán le llama olvido.
Yo, siempre en mi dolor, sin conocerme.
¡Oh, primavera inquieta, que me ocultas,
lleno por tu ambición, mi propio cuerpo!
Abril, abril: ¡qué eterna adolescencia
mi renacer constante por tus ramas!
Emilio Prados.
jueves, 11 de octubre de 2018
El más pueril.

¿Quién más pueril que este gato pueril,
Quién sin cesar más niño?
Triscador, caprichoso, zahorí,
¡Cómo saca partido.
De cualquier elemento que pueda remover,
Bola, flor o cordel !
Criatura inocente creando paraíso,
¿Quién con más absoluto no saber de la muerte?
Juega, mortal sin dios: tu cielo es el olvido.
Jorge Guillén.
miércoles, 10 de octubre de 2018
El pueblo está en la ladera.
Las casas se levantan
apenas, chaparro o piedra
agazapada que se aprieta o ahínca
contra la tierra, con un mísero espanto.
Un montón de pedruscos
se ve, y un vano en medio,
y cubriéndolos un techizo musgoso
en invierno, polvoriento en verano,
con lagartos tranquilos al sol que horrible abrasa.
Unas manos rugosas,
manos que aparecieron despacio en esos brazos,
con cuánta enorme dificultad,
hasta cuajar torpísimas, corteza dura y hueso,
carne apenas sentida, apenas irrigada o fresca a veces.
Unas manos, día a día
fueron poniendo piedra sobre piedra.
Piedra gris, apurada, como caída, tal y como cayó
de un cielo roto, que así es esa cantera, ese montón injusto
que en la altura desafía a estos hombres.
Un cielo desfondado, catástrofe de cielo,
que un día diera origen a esta montaña inmensa,
montón incalculable donde las manos rotas, sucesivas,
a buscar se arrastraban.
Y aquí están esas casas, cubiles solitarios
o, mejor, acarrados, agrupados con miedo,
casi en montón también, piedra junto a otra piedra,
casi humanas tocándose.
Arriba está ese monte, monte o montaña hirviente
que en su entraña solo piedras agita, y en su ladera el pueblo,
si no caído, hecho allí por los hombres.
Allí arrastrado y allí al fin detenido
casi sobre el abismo o su figura;
al fondo solo el llano.
Este pueblo ha dormido
años o siglos. Cochiqueras, cubiles.
Porquerizas se llamaba en la Historia.
Sobre el remoto llano, allí sin límites,
se ve un mapa extendido.
Guadalix está próximo.
Y es Bustarviejo este otro.
Y a la derecha Chozas -más chozas y aún más chozas-.
Y más allá, a la izquierda, ese otro grupo:
Torrelaguna. ¿Torre? Cual siempre. ¿Laguna? ¡Dios la diera!
Y al fondo Cabanilias. Y Navalafuente.
Colmenar más visible. Colmenar Viejo.
Todo antiguo, y lo mismo.
Y el llano inmenso, hermoso; pero no para el hombre.
La cañada está próxima y sus ráfagas claras.
El fresco río infante, recién nacido, ajeno
a su fin allá lejos en el Tajo imponente.
Y arriba la Morcuera, el puerto que un boquete
abre y se da a otro llano, feraz ahora y diverso.
Por el camino un día, senda o trocha avanzando,
rumbo a ese puerto, acaso a un monasterio allí en el valle
de Rascafría, pasó un cortejo extraño. Soledad de la Historia
que el tiempo nombra o dice o moteja. Leyenda,
diosa aún menor que vaga sin precisión y apenas
pasa un momento grácil o irónica. La reina,
bajo ese mote, siglo XVI o centuria
XVII, iba despacio en silla, en litera es más justo,
rumbo a sus devociones en el viejo cenobio.
Atravesó la nieve penosa, la ladera, se reposó un momento.
Allá, allá más arriba, la Morcuera nombrada.
Y de pronto, ¿qué es eso más bajo? El dedo fútil
señaló. -Mira-. Ondulan silvestres. -Mira: flores-.
Miraflores. La reina bautizó los cubiles,
las grises cochiqueras agrupadas.
Miraba seguramente flores, solo flores.
Morada la flor del castigado cantueso,
la amapola si acaso.
Y Porauerizas fue Miraflores. Dicen.
No, la leyenda engaña.
Los ojos verdes ciegos
no miraron un pueblo, sino flores perdidas.
Vicente Aleixandre.
martes, 9 de octubre de 2018
Vida-Esperanza.

Helo, por fin, bien despierto
Frente a frente a la Jornada,
Que se extiende por un aire
Pronto a entregar la mañana
Siempre ignota, nunca neutra,
Turbia tal vez y entreclara,
Pero sin cesar atmósfera
Que los pulmones y el alma
Respiran sin distinguir
Entre el aire y la sustancia
Por el difusa, visible
Bajo forma de esperanza.
El despierto respirando
En su interior la derrama
De modo tan natural
Que no sabe de ella nada,
Y solo vivir consigue
Mientras de un instante pasa
Mal y bien al otro instante,
Y algo ya inminente aguarda
Dispuesto a ser realidad
Que se incorpore a la gana
Tan continua de una vida
Solo vida en su esperanza.
Jorge Guillén.
lunes, 8 de octubre de 2018
Mariposa.

En el fuego o en la rosa
estás perdiendo la vida.
Buscas la luz
y te vuelves ceniza.
Vas por aroma
y te hiere la espina.
Abre tus alas
que quiero leer tus heridas.
Manuel Altolaguirre.
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