miércoles, 27 de diciembre de 2017

Variación VIII. Renacimiento de Venus.



Donde estuvo la nube ya no hay nube;
                    los ojos, que la piensan.

Absoluto celeste, azul unánime
                    sin ave, sin su anécdota.

Al célico sosiego otro marino
                    sosiego le contesta.

Las últimas congojas de la ola
                    playa se las consuela.

Tanto sollozo en leve espuma acaba,
                    y la espuma en la arena.

Le basta un color solo a tanto espacio,
                    sin vela que disienta,

El mar va por el mar buscando azules
                    y a un azul los eleva.

Está el día en el fiel. La Luz, la sombra
                    ni más ni menos pesan.

Dentro del hombre ni esperanza empuja
                    ni memoria sujeta.

El presente, que tanto se ha negado,
                    hoy, aquí, ya, se entrega.

¡Presente, sí, hay presente! Ojos absortos
                    felices le contemplan.

El tiempo abjura de su error, las horas,
                    y pasa sin saberlas.

Aves, ondinas, callan, y de voces
                    vacío el aire dejan.

La dilatada anchura del silencio
                    de silencio se llena.

Es el vivir tan tenue, que no ata;
                    la cautiva se suelta.

Por las campiñas, ya, del puro ser
                    viene, va, se recrea.

Está el mundo tan limpio, que es espejo:
                    la escapada lo estrena.

Radiante mediodía. En él, el alma
                    se reconoce: esencia.

Segunda, y la mejor, surge del mar
                    la Venus verdadera.


Pedro Salinas.

martes, 26 de diciembre de 2017

Columpio.





A caballo en el quicio del mundo
un soñador jugaba al sí y al no

Las lluvias de colores
emigraban al país de los amores


        Bandadas de flores

Flores de sí                    Flores de no


Cuchillos en el aire
        que le rasgan las carnes
         forman un puente

Sí                              No

                   Cabalgaba el soñador 
                       Pájaros arlequines

cantan el no


cantan el sí.




Gerardo Diego.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Un reloj.



Un reloj inteligente
mueve en el cielo sus brazos,
y sus dos flechas cautivas
descorren celajes blancos,
mostrando glorias posibles
alrededor de sus ángulos.
Velocidades de hélices
enturbian el centro opaco
pero claridades lentas,
en los bordes del horario,
constelaciones y números
marcan de mi tiempo el paso.


Manuel Altolaguirre.

jueves, 21 de diciembre de 2017

La voz a ti debida. Versos 1385 a 1406.



La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio.
Tus besos son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.


Pedro Salinas.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Variación final. Salvación por la luz.



Los que ya no te ven sueñan en verte
desde sus soterrados soñaderos,
-lindes de tierra por los cuatro lados,
cuna del esqueleto-,
Sed tienen, no en las bocas, ni de agua;
sed de visiones, esas que tu cielo
proyecta -azules tenues- en su frente,
y tú realizas en azul perfecto.
Este afán de mirar es más que mío.
Callado empuje, se le siente, ajeno,
subir desde tinieblas seculares.
Viene a asomarse a estos ojos con los que miro.
¡Qué sinfín de muertos que te vieron
me piden la mirada, para verte!
Al cedérsela gano:
soy mucho más cuando me quiero menos.
Que estos ojos les valgan a los pobres de luz.
No soy su dueño.
¿Por cuánto tiempo -herencia- me los fían?
¿Son más que un miradero
que un cuerpo de hoy ofrece a almas de antes?
Siento a mis padres, siento que su empeño de no cegar jamás,
es lo que bautizaron con mi nombre.
Soy yo. Y ahora no ven, pero les quedo
para salvar su sombra de la sombra.
Que por mis ojos, suyos, miren ellos;
y todos mis hermanos anteriores,
sepultos por los siglos,
ciegos de muerte: vista les devuelvo.
¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive!
Ya somos todos unos en mis ojos,
poblados de antiquísimos regresos.
¡Qué paz, así! Saber que son los hombres,
un mirar que te mira,
con ojos siempre abiertos,
velándote: si un alma se les marcha
nuevas almas acuden a sus cercos.
Ahora, aquí, frente a ti, todo arrobado,
aprendo lo que soy: soy un momento
de esa larga mirada que te ojea,
desde ayer, desde hoy, desde mañana,
paralela del tiempo.
En mis ojos, los últimos,
arde intacto el afán de los primeros,
herencia inagotable, afán sin término,
Posado en mí está ahora; va de paso.
Cuando de mí se vuele, allá en mis hijos
-la rama temblorosa que le tiendo-
hará posada. Y en sus ojos, míos,
ya nunca aquí, y aquí, seguiré viéndote.
Una mirada queda, si pasamos.
¡Que ella, la fidelísima, contemple
tu perdurar, oh Contemplado eterno!
Por venir a mirarla, día a día,
embeleso a embeleso,
tal vez tu eternidad,
vuelta luz, por los ojos se nos entre.

Y de tanto mirarte, nos salvemos.


Pedro Salinas.

martes, 19 de diciembre de 2017

El hombre.



Mide la sal nuestro gusto,
mide el temblor nuestra oreja,
mide el calor nuestra mano,
miden mis ojos tu ausencia.

Eso es ser hombre: medir.
¿Para quién toda esta cuenta de distancias?
¿Para quién esta división de fechas?


Manuel Altolaguirre.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Ausencia del amante.




He vuelto por el camino sin yerba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos, errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.


  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...