miércoles, 31 de agosto de 2016

Rubor.



No quiero eterna juventud, quisiera
curarme la vejez como se curan
del invierno los árboles, lo mismo
que el arrugado ceño de los montes
recobra su verdor en primavera.

Contar por vidas y olvidar los años,
sufrir las apariencias sarmentosas
con corazón feliz, ya que su riego
devolverá el color y la tibieza
a la niñez que a flor de piel nos brote.

Rubor, que no verdor, en los ramajes
y una fe ciega en el poder de un alma
con profundas raíces en la tierra.

Manuel Altolaguirre.

martes, 30 de agosto de 2016

La selva y el mar.


Allá por las remotas
luces o aceros aún no usados,
tigres del tamaño del odio,
leones como un corazón hirsuto,
sangre como la tristeza aplacada,
se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable.
Largas cadenas que surten de los lutos,
de lo que nunca existe,
atan el aire como una vena, como un grito, como un reloj que se para
cuando se estrangula algún cuello descuidado.

Oh la blancura súbita,
las orejas violáceas de unos ojos marchitos,
cuando las fieras muestran sus espadas o dientes
como latidos de un corazón que casi todo lo ignora,
menos el amor,
al descubierto en los cuellos allá donde la arteria golpea,
donde no se sabe si es el amor o el odio
lo que reluce en los blancos colmillos.

Acariciar la fosca melena
mientras se siente la poderosa garra en la tierra,
mientras las raíces de los árboles, temblorosas,
sienten las uñas profundas
como un amor que así invade.

Mirar esos ojos que sólo de noche fulgen,
donde todavía un cervatillo ya devorado
luce su diminuta imagen de oro nocturno,
un adiós que centellea de póstuma ternura.

El tigre, el león cazador, el elefante que en sus colmillos lleva algún suave collar,
la cobra que se parece al amor más ardiente,
el águila que acaricia a la roca como los sesos duros,
el pequeño escorpión que con sus pinzas sólo aspira a oprimir un instante la vida,
la menguada presencia de un cuerpo de hombre que jamás podrá ser confundido con una selva,
ese piso feliz por el que viborillas perspicaces hacen su nido en la axila del musgo;
mientras la pulcra coccinela
se evade de una hoja de magnolia sedosa...
Todo suena cuando el rumor del bosque siempre virgen
se levanta como dos alas de oro,
élitros, bronce o caracol rotundo,
frente a un mar que jamás confundirá sus espumas con las ramillas tiernas.

La espera sosegada,
esa esperanza siempre verde,
pájaro, paraíso, fasto de plumas no tocadas,
inventa los ramajes más altos,
donde los colmillos de música,
donde las garras poderosas, el amor que se clava,
la sangre ardiente que brota de la herida,
no alcanzará, por más que el surtidor se prolongue,
por más que los pechos entreabiertos en tierra
proyecten su dolor o su avidez a los cielos azules.

Pájaro de la dicha, azul pájaro o pluma,
sobre un sordo rumor de fieras solitarias,
del amor o castigo contra los troncos estériles,
frente al mar remotísimo que como la luz se retira.

Vicente Aleixandre.

lunes, 29 de agosto de 2016

No estás ya aquí. Lo que veo...



No estás ya aquí.
Lo que veo de ti, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aún esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas
vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intención de ir
te llevó donde querías
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
-aquí estoy contigo, mira-.
Y me señalas la ausencia.

Pedro salinas.

viernes, 29 de julio de 2016

Rima LXXV.



¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Y allí, desnudo de la humana forma;
allí, los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?

¡Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros;
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco!


Gustavo Adolfo Bécquer.

jueves, 28 de julio de 2016

Las barandas.



Homenaje a 
Julio Herrera y Reissig.

Un hombre largo, enlevitado y solo
mira brillar su anillo complicado.
Su mano exangüe pende en las barandas,
mano que amaron vírgenes dormidas.

Miradle, sí. Los lagos brillan yertos.
Pero los astros, sí, ruedan sin música.
Constelaciones en la frente mueren,
mueren mintiendo su valor cansado.
Casi no alumbran unos labios fríos,
labios que amaron cajas musicales.
Pero las lunas, lunas de oro, envían
"supramundanamente" sus encantos
y hay un batir de besos gemebundos
que entre jacintos mueren como pluma.

Un fantasma azulenco no se inclina.
Fósforos lucen. Polvos fatuos, trémulos.
Suena un violín de hueso y una rosa.
Un proyecto de sombra se deshace.

Una garganta silenciosa emite
un clamor de azucenas deshojándose,
y un vals, un giro o vals toma, arrebata
esa ilusión de sábanas vacías.

Lejos un mar encerrado entre dardos
suspira o canta como un pecho oprimido,
y unos labios de seda besan, y alzan
una sonrisa pálida de sangre.

Dulces mujeres como barcas huyen.
Largos adioses suenan como llamas.
Mar encerrado, corazón o urna,
lágrima que no asumen las arenas.

Duramente vestido el hombre mira
por las barandas una lluvia mágica.
Suena una selva, un huracán, un cosmos-
Pálido lleva su mano hasta el pecho.

Vicente Aleixandre.

miércoles, 27 de julio de 2016

Los contadores de estrellas.



Yo estoy cansado.
Miro
esta ciudad
-una ciudad cualquiera-
donde ha veinte años vivo.

Todo está igual.
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.

Yo me pongo también...
Pero él va más deprisa: no consigo
alcanzarle:
Una, dos, tres, cuatro,
cinco...

No consigo
alcanzarle: Una, dos...
tres...
cuatro...
cinco...

Dámaso Alonso.

martes, 26 de julio de 2016

Consejo mortal.



Levanta tu edificio. Planta un árbol.
Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.


Gabriel Celaya.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...