jueves, 9 de abril de 2015

Al mediodía (Despierto del todo).






Bendigo las articulaciones de mis manos,
que no son como pezuñas,
porque pueden acariciarte.
Y la piel tan fina de mis labios,
porque mi sangre está más cerca de la tuya cuando te beso.

Y bendigo tu pelo largo,
porque cuando lo levanto como un ala
tu cuello es más sensible a mis alientos
y más suave descansa sobre mi brazo
durante los largos reposos.



Manuel altolaguirre.

miércoles, 8 de abril de 2015

Me asomé.







   Me asomé, lejos, a un abismo...
(Sobre el espejo que perdí he nacido.)

   Clavé mis manos en mis ojos...
(Manando estoy en mí desde mi rostro.)

   Tiré mi cuerpo, hueco, al aire...
(Abren su voz los ojos de mi sangre.)

   Se coaguló mi llanto en sombra...
(Carne es la luz y el nácar de mi boca.)

   Dentro de mí se hundió mi lengua...
(siembro en mi cielo el cuerpo de una estrella.)

   Se pudrió el tiempo en que habitaba...
(Brota en mi espejo un cielo de dos caras.)

   Huyó mi cuerpo por mi cuerpo...
(Bebo en el agua limpia de mi espejo.)

   ¡A mi existencia uno mi vida!
(Espejo sin cristal es mi alegría.)



Emilio Prados.

martes, 7 de abril de 2015

Amor.







¡Primavera feroz! Va mi ternura 
por las más hondas venas derramada, 
fresco hontanar, y furia desvelada, 
que a extenuante pasmo se apresura.

¡Oh qué acezar, qué hervir, oh, qué premura 
de hallar, en la colina clausurada, 
la llaga roja de la cueva helada, 
y su cura más dulce, en la locura!

¡Monstruo fugaz, espanto de mi vida, 
rayo sin luz, oh tú, mi primavera, 
mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte!

¿Hacia qué hondón sombrío me convida, 
desplegada y astral, tu cabellera? 
¡Amor. amor, principio de la muerte!


Dámaso Alonso.

lunes, 6 de abril de 2015

Tuya.




Ya sólo existe una palabra: tuya.
Ángeles por el mar la están salvando
cuando ya se iba a hundir, la están alzando,
calentando sus alas. ¡Aleluya! 

Las criaturas cantan: -Aunque huya,
aunque se esconda a ciegas sollozando,
es tuya, tuya, tuya. Aunque nevando
se borre, aunque en el agua se diluya- .

-Tuya- , cantan los pájaros, los peces
mudos lo escriben con sus colas de oro:
Te, u, y griega, a, sí, tuya, tuya.

Cantádmela otra vez y tantas veces,
a ver si a fuerza de cantar a coro.
-¿Tú? ¿Ya? ¿De veras?- -Sí. Yo, Tuya. Tuya.-



Gerardo Diego.

miércoles, 1 de abril de 2015

Lleva la cruz al hombro.





Lleva la cruz al hombro,
tres veces no, mil veces caído y levantado;
ya su vida es escombro;
va por la calle ya crucificado.
No pavor, sino asombro,
verlo lo mismo y ya transfigurado.
Nadie lo nombrará, ni yo lo nombro,
ni nadie lo ha nombrado.
No resucitará, nadie le rezará,
nadie balbuceará por la noche su nombre.
Dejó toda su sangre repartida.
Más que su muerte le duró su vida:
¡no era Dios, era hombre!


Pedro Garfias.

martes, 31 de marzo de 2015

Con los mismos ojos.





Con los mismos ojos, entornándolos
para guardar las imágenes de la
nostalgia hemos mirado hacia nuestra patria ,
viéndola herida y enajenada.
Y con esos mismos ojos, sí doloridos ya,
siempre ávidos y enamorados de la luz, miramos la vida y
la obra de estos hombres de los cuales aquí hablamos.
Por ser ellos con su obra consuelo
y ejemplo a los ojos y haber mirado
nosotros hacia sus vidas con el mismo afán,
me ha parecido que podía no ser disparatado,
es decir, cosa impar y sin común sentido
reunir estos trabajos y llevan el título
que los junta porque es verdad
que he mirado la obra en esos seis hombres
con los mismos ojos con que miro la vida”.


Juan Chábas Martí.

lunes, 30 de marzo de 2015

Mi sangre es un camino.






Me empuja a martillazos y a mordiscos, 
me tira con bramidos y cordeles del corazón, 
del pie, de los orígenes,
me clava en la garganta garfios dulces, 
erizo entre mis dedos y mis ojos, 
enloquece mis uñas y mis párpados, 
rodea mis palabras y mi alcoba de hornos y herrerías, 
la dirección altera de mi lengua, 
y sembrando de cera su camino 
hace que caiga torpe y derretida.

Mujer, mira una sangre,
mira una blusa de azafrán en celo,
mira un capote líquido ciñéndose en mis huesos 
como descomunales serpientes que me oprimen 
acarreando angustia por mis venas.

Mira una fuente alzada de amorosos collares
y cencerros de voz atribulada
temblando de impaciencia por ocupar tu cuello, 
un dictamen feroz, una sentencia, 
una exigencia, una dolencia, un río 
que por manifestarse se da contra las piedras, 
y penden para siempre de mis 
relicarios de carne desgarrada.

Mírala con sus chivos y sus toros suicidas 
corneando cabestros y montañas, 
rompiéndose los cuernos a topazos, 
mordiéndose de rabia las orejas, 
buscándose la muerte de la frente a la cola.

Manejando mi sangre, enarbolando 
revoluciones de carbón y yodo, 
agrupando hasta hacerse corazón, 
herramientas de muerte, rayos, hachas, 
y barrancos de espuma sin apoyo,
ando pidiendo un cuerpo que manchar.

Hazte cargo, hazte cargo
de una ganadería de alacranes 
tan rencorosamente enamorados,
de un castigo infinito que me parió y me agobia 
como un jornal cobrado en triste plomo.

La puerta de mi sangre está en la esquina del hacha 
y de la piedra, pero en ti está la entrada irremediable.

Necesito extender este imperioso reino,
prolongar a mis padres hasta la eternidad,
y tiendo hacia ti un puente de arqueados corazones 
que ya se corrompieron y que aún laten.

No me pongas obstáculos que tengo que salvar, 
no me siembres de cárceles, 
no bastan cerraduras ni cementos,
no, a encadenar mi sangre de alquitrán inflamado 
capaz de despertar calentura en la nieve.

¡Ay qué ganas de amarte contra un árbol, 
ay qué afán de trillarte en una era, 
ay qué dolor de verte por la espalda 
y no verte la espalda contra el mundo!

Mi sangre es un camino ante el crepúsculo 
de apasionado barro y charcos vaporosos 
que tiene que acabar en tus entrañas, 
un depósito mágico de anillos 
que ajustar a tu sangre, 
un sembrado de lunas eclipsadas
que han de aumentar sus calabazas íntimas, 
ahogadas en un vino con canas en los labios, 
al pie de tu cintura al fin sonora.

Guárdame de sus sombras que graznan fatalmente 
girando en torno mío a picotazos, 
girasoles de cuervos borrascosos. 
No me consientas ir de sangre en sangre 
como una bala loca,
no me dejes tronar solo y tendido.

Pólvora venenosa propagada,
ornado por los ojos de tristes pirotecnias, 
panal horriblemente acribillado
con un mínimo rayo doliendo en cada poro, 
gremio fosforescente de acechantes tarántulas 
no me consientas ser.
Atiende, atiende a mi desesperado sonreír, 
donde muerdo la hiel por sus raíces 
por las lluviosas penas recorrido. 
Recibe esta fortuna sedienta de tu boca 
que para ti heredé de tanto padre.



Miguel Hernández.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...