lunes, 30 de marzo de 2015

Mi sangre es un camino.






Me empuja a martillazos y a mordiscos, 
me tira con bramidos y cordeles del corazón, 
del pie, de los orígenes,
me clava en la garganta garfios dulces, 
erizo entre mis dedos y mis ojos, 
enloquece mis uñas y mis párpados, 
rodea mis palabras y mi alcoba de hornos y herrerías, 
la dirección altera de mi lengua, 
y sembrando de cera su camino 
hace que caiga torpe y derretida.

Mujer, mira una sangre,
mira una blusa de azafrán en celo,
mira un capote líquido ciñéndose en mis huesos 
como descomunales serpientes que me oprimen 
acarreando angustia por mis venas.

Mira una fuente alzada de amorosos collares
y cencerros de voz atribulada
temblando de impaciencia por ocupar tu cuello, 
un dictamen feroz, una sentencia, 
una exigencia, una dolencia, un río 
que por manifestarse se da contra las piedras, 
y penden para siempre de mis 
relicarios de carne desgarrada.

Mírala con sus chivos y sus toros suicidas 
corneando cabestros y montañas, 
rompiéndose los cuernos a topazos, 
mordiéndose de rabia las orejas, 
buscándose la muerte de la frente a la cola.

Manejando mi sangre, enarbolando 
revoluciones de carbón y yodo, 
agrupando hasta hacerse corazón, 
herramientas de muerte, rayos, hachas, 
y barrancos de espuma sin apoyo,
ando pidiendo un cuerpo que manchar.

Hazte cargo, hazte cargo
de una ganadería de alacranes 
tan rencorosamente enamorados,
de un castigo infinito que me parió y me agobia 
como un jornal cobrado en triste plomo.

La puerta de mi sangre está en la esquina del hacha 
y de la piedra, pero en ti está la entrada irremediable.

Necesito extender este imperioso reino,
prolongar a mis padres hasta la eternidad,
y tiendo hacia ti un puente de arqueados corazones 
que ya se corrompieron y que aún laten.

No me pongas obstáculos que tengo que salvar, 
no me siembres de cárceles, 
no bastan cerraduras ni cementos,
no, a encadenar mi sangre de alquitrán inflamado 
capaz de despertar calentura en la nieve.

¡Ay qué ganas de amarte contra un árbol, 
ay qué afán de trillarte en una era, 
ay qué dolor de verte por la espalda 
y no verte la espalda contra el mundo!

Mi sangre es un camino ante el crepúsculo 
de apasionado barro y charcos vaporosos 
que tiene que acabar en tus entrañas, 
un depósito mágico de anillos 
que ajustar a tu sangre, 
un sembrado de lunas eclipsadas
que han de aumentar sus calabazas íntimas, 
ahogadas en un vino con canas en los labios, 
al pie de tu cintura al fin sonora.

Guárdame de sus sombras que graznan fatalmente 
girando en torno mío a picotazos, 
girasoles de cuervos borrascosos. 
No me consientas ir de sangre en sangre 
como una bala loca,
no me dejes tronar solo y tendido.

Pólvora venenosa propagada,
ornado por los ojos de tristes pirotecnias, 
panal horriblemente acribillado
con un mínimo rayo doliendo en cada poro, 
gremio fosforescente de acechantes tarántulas 
no me consientas ser.
Atiende, atiende a mi desesperado sonreír, 
donde muerdo la hiel por sus raíces 
por las lluviosas penas recorrido. 
Recibe esta fortuna sedienta de tu boca 
que para ti heredé de tanto padre.



Miguel Hernández.

viernes, 27 de marzo de 2015

Arcángel de las Tinieblas.







Me miras con tus ojos azules,
nacido del abismo.
Me miras bajo tu crespa cabellera nocturna,
helado cielo fulgurante que adoro.
Bajo tu frente nívea
dos arcos duros amenazan mi vida.
No me fulmines, cede, oh, cede amante y canta.
Naciste de un abismo entreabierto
en el nocturno insomnio de mi pavor solitario.
Humo abisal cuajante te formó, te precisó hermosísimo.
Adelantaste tu planta, todavía brillante de la roca pelada,
y subterráneamente me convocaste al mundo,
al infierno celeste, oh arcángel de la tiniebla.

Tu cuerpo resonaba remotamente allí, en el horizonte,
humoso mar espeso de deslumbrantes bordes,
labios de muerte bajo nocturnas aves
que graznaban deseo con pegajosas plumas.

Tu frente altiva rozaba estrellas
que afligidamente se apagaban sin vida,
y en la altura metálica, lisa, dura, tus ojos
eran las luminarias de un cielo condenado.


Respirabas sin vientos, pero en mi pecho daba
aletazos sombríos un latido conjunto.
Oh, no, no me toquéis, brisas frías,
labios larguísimos, membranosos avances
de un amor, de una sombra, de una muerte besada.

A la mañana siguiente algo amanecía
apenas entrevisto tras el monte azul, leve,
quizá ilusión, aurora, ¡oh matinal deseo!,
quizá destino cándido bajo la luz del día.

Pero la noche al cabo cayó pesadamente.
Oh labios turbios, oh carbunclo encendido,
oh torso que te erguiste, tachonado de fuego,
duro cuerpo de lumbre tenebrosa, pujante,
que incrustaste tu testa en los cielos helados.

Por eso yo te miro. Porque la noche reina.
Desnudo ángel de luz muerta, dueño mío.
Por eso miro tu frente, donde dos arcos impasibles
gobiernan mi vida sobre un mundo apagado.



Vicente Aleixandre.

jueves, 26 de marzo de 2015

Dos marinos en la orilla.







(A Joaquín Amigo)

I
Se trajo en el corazón
un pez del Mar de la China.
A veces se ve cruzar
diminuto por sus ojos.
Olvida siendo marino
los bares y las naranjas.
Mira al agua.

II
Tenía la lengua de jabón.
Lavó sus palabras y se calló.
Mundo plano, mar rizado,
cien estrellas y su barco.
Vio los balcones del Papa
y los pechos dorados de las cubanas.


Federico García Lorca.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Primavera delgada.







Cuando el espacio, sin perfil, 
resume con una nube
su vasta indecisión a la deriva...
¿Dónde la orilla?
Mientras el río con el rumbo 
en curva se perpetúa
buscando sesgo a sesgo, dibujante,
su desenlace, mientras el agua, 
duramente verde, niega sus peces
bajo el profundo equívoco reflejo
de un aire trémulo...
Cuando conduce la mañana, lentas, 
sus alamedas gracias a las estrellas 
vibradoras entre las frondas,
a favor del avance sinuoso
que pone en coro la ondulación 
suavísima del cielo sobre su viento
con el curso tan ágil de las pompas,
que agudas bogan...
¡Primavera delgada entre los remos de los barqueros!


Jorge Guillén.

martes, 24 de marzo de 2015

El viento y el alma.





Con tal vehemencia el viento
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.

Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.

Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.


Luis Cernuda.

lunes, 23 de marzo de 2015

Castigos.







Es cuando golfos y bahías de sangre,
coagulados de astros difuntos y vengativos,
inundan los sueños.
Cuando golfos y bahías de sangre
atropellan la navegación de los lechos
y a la diestra del mundo muere olvidado un ángel.
Cuando saben a azufre los vientos
y las bocas nocturnas a hueso, vidrio y alambre.
Oídme.
Yo no sabía que las puertas cambiaban de sitio,
que las almas podían ruborizarse de sus cuerpos,
ni que al final de un túnel la luz traía la muerte.
Oídme aún.

Quieren huir los que duermen.
Pero esas tumbas del mar no son fijas,
esas tumbas que se abren por abandono y cansancio del cielo no son estables,
y las albas tropiezan con rostros desfigurados.
Oíd aún. Más todavía.

Hay noches en que las horas se hacen de piedra en los espacios,
en las venas no andan
y los silencios yerguen siglos y dioses futuros.
Un relámpago baraja las lenguas y trastorna las palabras.
Pensad en las esferas derruidas,
en las órbitas secas de los hombres deshabitados,
en los milenios mudos.
Más, más todavía. Oídme.

Se ve que los cuerpos no están en donde estaban,
que la luna se enfría de ser mirada
y que el llanto de un niño deforma las constelaciones.
Cielos enmohecidos nos oxidan las frentes desiertas,
donde cada minuto sepulta su cadáver sin nombre.
Oídme, oídme por último.

Porque siempre hay un último posterior a la caída de los páramos,
al advenimiento del frío en los sueños que se descuidan,
a los derrumbos de la muerte sobre el esqueleto de la nada.



Rafael Alberti.

viernes, 20 de marzo de 2015

Las Islas




Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía,
y dejando el navío y el muelle, por callejas
-entre el polvo mezclados pétalos y escamas-,
llegué a la plaza, donde estaban los bazares.
Era grande el calor, la sombra poca.

Con el pecho desnudo iba, distraído
como si familiares fuesen la villa y sus costumbres,
y miré en un portal al mercader de sedas
que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos,
sintiendo sin tocarla la suavidad escurridiza.
Ante un ciego cantor estuve largo espacio,
único espectador, y parecía cantar para mí solo.
Compré luego a una niña un ramo de jazmines
amarillentos, pero en su olor ajado tuvo alivio
la dejadez extraña que empezaba a aquejarme.

Desanudada la faja en la cintura,
unos muchachos que pasaban, reían,
volviendo la cabeza. 
Acaso me creyeron Ebrio. 
Los ojos de uno de ellos eran como la noche, 
profundos y estrellados.

La humedad de la piel pronto se disipaba
por el aire ardoroso, a cuyo influjo mi pereza crecía. 
Me detuve indeciso, acariciando el cuerpo, 
sintiendo su tibieza lisa, 
como si acariciara un cuerpo ajeno.

Seguí, por parajes nunca vistos,
mas presentidos, igual a quien camina hacia cita amistosa. 
Deponía la tarde su fuerza, cuando al fin quise
buscar reposo ante un umbral cerrado.

Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban
-acaso dormí mucho-, y al abrirlos de nuevo
ya el sol estaba bajo en el muro de enfrente.
Una presencia ajena pareció despertarme,
porque al volver la cara vi una mujer, y sonreía.

Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta
ante demanda informulada, me miraba, insegura;
aunque yo nada dije, con gesto silencioso,
invitándome adentro, me tomó de la mano.
La seguí, con recelo más débil que el deseo.

La sala estaba oscura -ya caía la tarde-.
Sobre la estera había almohadas, un cestillo
anidando manojos de magnolias mojadas,
de excesiva fragancia. filtró la celosía
unas palabras de la calle: «Le encontraron muerto».

Las pensé referidas a un camarada,
quizá presagio de mi sino. 
Pero ella, atrayéndome a sí, sobre la alfombra
el ropaje tiró, como cuchillo sin la vaina,
fría, dura, flexible, escurridiza.

Mis manos en sus pechos, su cintura
quebrarse pareció al extenderme sobre ella,
y en el silencio circundante, al ritmo
de los cuerpos, oí su brazalete,
queja del ave fabulosa que escapaba.

La oscuridad llenó la sala toda
cuando saciado y satisfecho quise irme.
En la puerta -ella como mi sombra me seguía-,
al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos
quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.

Mucho tiempo ha pasado. 
No aceptara revivir otra vez esta existencia.
Mas no sé qué daría por sólo aquel instante revivirlo. 
Bien sé que apenas tengo con qué tiente al destino, 
ni el destino tentarse dejaría.

Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas
-¿no es el recuerdo la impotencia del deseo?-.
Es que a él, como a mí, la vejez vence;
y acaso ya no tengo lo único que tuve:
Deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.


Luis Cernuda.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...