martes, 10 de febrero de 2015

Decir de La Rioja.





No sabe la que es vida quien en ti no reposa,
Rioja, de tan abierta, secreta y misteriosa,
sabor de los sentidos confirmando a la rosa,
estribo de los Ángeles que alzan a la Gloriosa.

Sí. Yo también quisiera loarte y romanzarte
y, sin pedir ni un sorbo al rubricar mi encarte,
¿un cantar? No, un decir, un dictado rezarte,
rozarte en vuelo bajo, tus registros pulsarte.

Un ábaco mis sílabas, tetragrama y razón.
Juan, Gonzalo, acorredme. Dobles de corazón.
bailas y semitonos de tan pausado son
hagan bajar los párpados y enlabiar la oración.

¿Te acuerdas? Me llamaste a izar tu primavera.
Ya verdeaba el soto su niebla tempranera,
y cantaban juglares su rima porque era
desde el balcón la hoja logroñesa y puntera.

Provincia prometida: mía al fin. Calendario
de las cuatro estaciones en torno al campanario,
sazón, témpora y temple, mi paraíso agrario.
Monje soy sin cogulla ni becerro o breviario.

Tus alamedas músicas, tus aguas de sonata,
tus rodales romeros, tus huellas de reata,
el cáñamo apretado de mi humilde alpargata
quisiera recorrerlas en total caminata.

Que ya desde el otero tu vastedad diviso
y oigo cantar al gallo su puntual compromiso,
subido a la veleta porque la luz lo quiso.
Doce quiquiriquíes enronquecen su aviso.

Y veo a la gallina, tan medrosa y pedresa,
y, azotando sus alas vuelan una toesa
los ánades rastreros, camino de la presa
y flechan golondrinas su flecha que no cesa.

Pero aunque me propuse no remontarme, «anda
-me tienta una voz íntima- por más alta baranda».
Pues, ¿cómo dominarte, Rioja, banda a banda,
sino a vista de águila por toda La Demanda?

Tiempo, espacio me alejan. Sierra de San Lorenzo,
que desde Urbión un día contemplé como un lienzo.
El mundo se estrenaba a mis pies: fue el comienzo
de este pasmo tan mío que no me avergüenzo.

Qué bultos y qué angostos de virginal relieve,
que aristas poderosas, qué olvidos de la nieve,
que verdes, rosas, cárdenos, qué azul de cielo leve,
tan leve que en sí mismo se disuelve y se embebe.

Y a bajar ya siguiendo las risas de tus ríos.
de Cámeros al Ebro cantan sus desafíos,
torrentes, sombras, peces, remansos, pozos fríos.
Regatead los Siete Infantes, hijos míos.

Que el padre Ebro os llama, os urge y os devora.
Quién te ve y quién te vio en tu nacer sin hora,
cuando eras onda pura, inocencia sonora. 
Quién te verá en La Rápita tragando sal traidora.

Os busco en Calahorra, aguas que memoraban.
Veo las dos cabezas mártires, navegaban
siempre a estribor por Calpe, Finisterre. Ya entraban,
horadaban la roca, en mi escudo anidaban.

Renacía el milagro a cada nueva luna,
y de los dos nombrados, el de mejor fortuna 
se abreviaba en tres sílabas, ya para siempre cuna
que mece a mi poesía entre el muelle y la duna. 

Quise, tierra de santos, sorguiñas y sagaces, 
tierra de viña y huerta, de panes y de paces, 
decirte estos loores cotidianos, solaces
de sus tercos trabajos, tus costumbres tenaces. 

Te he dicho, no contado. Cuatro bueyes araron, 
no grifos de Alexandre que el cielo alborotaron.
Cuatropeas pesadas terrones desbrozaron, 
vía cuaderna y ancha con el rollo asentaron.


Gerardo Diego.

lunes, 9 de febrero de 2015

Ventana huérfana con cabellos habituales.






Ventana huérfana con cabellos habituales,
Gritos del viento,
Atroz paisaje entre cristal de roca,
Prostituyendo los espejos vivos,
Flores clamando a gritos
Su inocencia anterior a obesidades.

Esas cuevas de luces venenosas
Destrozan los deseos, los durmientes;
Luces como lenguas hendidas
Penetrando en los huesos hasta hallar la carne,
Sin saber que en el fondo no hay fondo,
No hay nada, sino un grito,
Un grito, otro deseo
Sobre una trampa de adormideras crueles.

En un mundo de alambre
Donde el olvido vuela por debajo del suelo,
En un mundo de angustia,
Alcohol amarillento,
Plumas de fiebre,
Ira subiendo a un cielo de vergüenza,
Algún día nuevamente surgirá la flecha
Que abandona el azar
Cuando una estrella muere como otoño para olvidar su sombra.



Luis Cernuda.

viernes, 6 de febrero de 2015

Retrato.





Estabas sola y alta. 
Yo miraba cómo todos los pájaros 
debajo de tu frente se escondían. 
¡Qué ir y venir y qué volver! 
Cómo todas las cosas 
quedándose se iban 
a entrarse por tus ojos. 
Cómo yo mismo no sabía 
si estaba junto al árbol 
bajo aquel cielo tan azul, 
o si los verdes límites del parque 
estaban encerrados en tu frente. 
Si de tanto entrar ya 
dentro de ti las cosas, 
eras el mundo donde estábamos. 
Si para que brillaran las estrellas 
bastaba que cerrases tus dos ojos. 
Estabas sola y alta, 
pero también dentro de ti.


Manuel Altolaguirre.

jueves, 5 de febrero de 2015

Quisiera huir.





 Estoy cansado.
               Un cuerpo padece mi agonía...
Un cuerpo o multitudes que mi piel no depone.
Un ser que vive y sueña la altitud de mis límites...
¡Quisiera huir: perderme lejos de su olvido!

      Estoy cansado de ocultarme en las ramas;
de perseguir mi sombra por la arena;
de desnudarme entre las rocas,
de aguardar a las puertas de las fábricas
y tenderme en el suelo con los ojos cerrados:
estoy cansado de esta herida.

Un amigo me dice:
              "Hay cuerpos que aún se ofrecen
como jugosas frutas sin sentido"...

Otro amigo me canta:
               "¡Vuelan las aves, vuelan!"...

Yo quiero huir, perderme lejos,
allá en esas regiones en que unas anchas hojas
tiemblan sobre el estanque de los sueños que inundan.



Emilio Prados.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Retornos del amor tal como era.





Eras en aquel tiempo rubia y grande,
sólida espuma ardiente y levanta.
Parecías un cuerpo desprendido
de los centros del sol, abandonado
por un golpe de mar en las arenas.

Todo era fuego en aquel tiempo. Ardía
la playa en tu contorno. A rutilantes
vidrios de voz quedaban reducidos
las algas, los moluscos y las piedras
que el oleaje contra ti mandaba.

Todo era fuego, exhalación, latido
de onda caliente en ti. Si era una mano
la atrevida o los labios, ciegas ascuas,
voladoras, silbaban por el aire.
Tiempo abrasado, sueño consumido.

Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo.



Rafael Alberti.

martes, 3 de febrero de 2015

Soneto gongorino en que el poeta manda a su amor una paloma.





Este pichón del Turia que te mando,
de dulces ojos y de blanca pluma,
sobre laurel de Grecia vierte y suma
llama lenta de amor do estoy parando.

Su cándida virtud, su cuello blando,
en limo doble de caliente espuma,
con un temblor de escarcha, perla y bruma
la ausencia de tu boca esta marcando.

Pasa la mano sobre su blancura
y verás qué nevada melodía
esparce en copos sobre tu hermosura.

Así mi corazón de noche y día,
preso en la cárcel del amor oscura,
llora sin verte su melancolía.



Federico García Lorca.

lunes, 2 de febrero de 2015

Mujer. Palabra rubia.







Mujer. 
Palabra rubia, de miel. 
Vaso de oro.
Persistencia monótona, de lluvia.
Silencio puro. 
Balbucir sonoro.
Mármol o bronce. 
Simulacro.
Corporeidad rotunda. 
Lanza de emoción. 
Fuego sacro.
Cumbre de todos los instintos. 
Danza.
Médula de lo ignoto. 
Áurea vedija incoercible. 
Vientre de los nombres.
Arca de la eternidad. 
Hija del Hombre. 
Madre de los hombres.


Juan José Domenchina.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...