martes, 9 de septiembre de 2014

Después del amor.






No pudimos ser. 
La tierra no pudo tanto. 
No somos cuanto se propuso el sol
en un anhelo remoto.
Un pie se acerca a lo claro.
En lo oscuro insiste el otro.
Porque el amor no es perpetuo en nadie, 
ni en mí tampoco.
El odio aguarda su instante
dentro del carbón más hondo.
Rojo es el odio y nutrido.

El amor, pálido y solo.

Cansado de odiar, te amo.
Cansado de amar, te odio.

Llueve tiempo, llueve tiempo.
Y un día triste entre todos,
triste por toda la tierra,
triste desde mí hasta el lobo,
dormimos y despertamos
con un tigre entre los ojos.

Piedras, hombres como piedras,
duros y plenos de encono,
chocan en el aire, donde
chocan las piedras de pronto.

Soledades que hoy rechazan
y ayer juntaban sus rostros.
Soledades que en el beso
guardan el rugido sordo.
Soledades para siempre.
Soledades sin apoyo.

Cuerpos como un mar voraz,
entrechocado, furioso.

Solitariamente atados
por el amor, por el odio.
Por las venas surgen hombres,
cruzan las ciudades, torvos.

En el corazón arraiga
solitariamente todo.
Huellas sin compaña quedan
como en el agua, en el fondo.

Sólo una voz, a lo lejos,
siempre a lo lejos la oigo,
acompaña y hace ir
igual que el cuello a los hombros.

Sólo una voz me arrebata
este armazón espinoso
de vello retrocedido
y erizado que me pongo.

Los secos vientos no pueden
secar los mares jugosos.
Y el corazón permanece
fresco en su cárcel de agosto
porque esa voz es el arma
más tierna de los arroyos:

-Miguel: me acuerdo de ti
después del sol y del polvo,
antes de la misma luna,
tumba de un sueño amoroso-.

Amor: aleja mi ser
de sus primeros escombros,
y edificándome, dicta
una verdad como un soplo.

Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, todo.



Miguel Hernández.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Escondido en los muros.








Escondido en los muros
Este jardín me brinda
Sus ramas y sus aguas
De secreta delicia.
Qué silencio. 
¿Es así
El mundo?... Cruz al cielo
Desfilando paisajes,
Risueño hacia lo lejos.
Tierra indolente. En vano
Resplandece el destino.
Junto a las aguas quietas
Sueño y pienso que vivo.
Mas el tiempo ya tasa
El poder de esta hora;
Madura su medida,
Escapa entre sus rosas.
Y el aire fresco vuelve
Con la noche cercana,
Su tersura olvidando
Las ramas y las aguas.



Luis Cernuda.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Mano entregada.




Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta su estructura,
sintiendo bajo la piel alada el duro hueso insobornable,
el triste hueso adonde no llega nunca el amor.
Oh carne dulce que sí se empapa del amor hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta,
invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura,
que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo que ahora resuena mío, mío
poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo
sonido de mi voz poseyéndole.
Por eso, cuando acaricio tu mano sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.

Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese leve contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.


Vicente Aleixandre.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Yo y la luz.




Yo y la luz te inventamos,
Ciudad que ahora en un alba
De fantasía y de sol
Naces al mundo;
Ciudad aún imprecisa,
Con sangre, luz y ensueño
En tus blancas fachadas.
No sé qué madrugada
Sobre los edificios voy dejando,
Ni qué sol mañanero
Ilumina la vega, el mar, las calles,
Interiores en mí.
Hemos cambiado
Mundo y yo nuestras luces.


Manuel Altolaguirre.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

A veces un no niega.






A veces un no niega
más de lo que quería, se hace múltiple.
Se dice "no, no iré"
y se destejen infinitas tramas
tejidas por los síes lentamente,
se niegan las promesas que no nos hizo nadie
sino nosotros mismos, al oído.
Cada minuto breve rehusado
se dilata sinfines, se hace siglos,
y un "no, esta noche no" puede negar la eternidad de noches,
la pura eternidad.
¡Qué difícil saber adónde hiere un no!
Inocentemente sale de labios puros un no puro;
sin mancha ni querencia de herir, va por el aire.
Pero el aire está lleno de esperanzas en vuelo las encuentra
y las traspasa por las alas tiernas su inmensa fuerza ciega, sin querer,
y las deja sin vida y va a clavarse
en ese techo azul que nos pintamos
y abre una grieta allí.
O allí rebota
y su herir acerado
vuelve camino atrás y le desgarra el pecho
al mismo pecho que lo dijo.
Un no da miedo. 
Hay que dejarlo siempre al borde de los labios y dudarlo.
O decirlo tan suavemente que le llegue
al que no lo esperaba con un sonar de "si",
aunque no dijo sí quien lo decía.



Pedro Salinas.

martes, 2 de septiembre de 2014

Cerré mi puerta al mundo.




Cerré mi puerta al mundo;
se me perdió la carne por el sueño…
Me quedé, interno, mágico, invisible,
desnudo como un ciego.
Lleno hasta el mismo borde de los ojos,
me iluminé por dentro.
Trémulo, transparente,
me quedé sobre el viento,
igual que un vaso limpio
de agua pura,
como un ángel de vidrio
en un espejo.



Emilio Prados.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Desnudo.




El cielo de tu tacto
Amarillo cubría
El oculto jardín
De pasión y de música.
Altas yedras de sangre
Abrazaban tus huesos.
La caricia del alma
- Brisa en temblor - movía
Todo lo que tú eras.
¡Qué crepúsculo bello
De rubor y cansancio
Era tu piel! Estabas
Como un astro sin brillo,
Recibiendo del sol
La luz de tu contorno.
Sólo bajo tus pies era de noche.
Eres cárcel de música
De la música presa,
Que intentaba escapar
En cada gesto tuyo,
Pero que no podía salir
Y se asomaba como un niño
A los cristales de tus ojos claros.



Manuel Altolaguirre.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...