jueves, 10 de julio de 2014

Recuerdo de un olvido.





Se agrandaban las puertas. Yo gigante, 
Con el recuerdo de mi olvido dentro, 
Atravesaba las estancias, 
Golpeando las paredes sordas.

¡Qué collar interior en mi garganta 
De palabras en germen, de lamentos 
Que no podían salir, que se estorbaban 
En su gran muchedumbre!

¡Cuánto tiempo de olvido incomprensible! 
Siempre ella en su ventana. 
Su ventana entre dos nubes 
-Una y ella- siempre.

Y yo distante, agigantado, loco, 
Con el recuerdo de mi olvido dentro, 
Pesándome en el alma su naufragio, 
Agarrándose, hundiéndome, 
En un espeso mar de cielos grises.



Manuel Altolaguirre.

miércoles, 9 de julio de 2014

Te busqué por la duda.




Te busqué por la duda:
no te encontraba nunca.
Me fui a tu encuentro
por el dolor.
Tú no venías por allí.

Me metí en lo más hondo
por ver si, al fin, estabas.
Por la angustia,
desgarradora, hiriéndome .
Tú no surgías nunca de la herida.

Y nadie me hizo señas
-un jardín o tus labios,
con árboles, con besos-;
nadie me dijo
-por eso te perdí-
que tú ibas por las últimas
terrazas de la risa,
del gozo, de lo cierto.

Que a ti te encontraba
en las cimas del beso
si duda y sin mañana.
En el vértice puro
de la alegría alta,
multiplicando júbilos
por júbilos, por risas,
por placeres.
Apuntando en el aire
las cifras fabulosas,
sin peso de tu dicha.



Pedro Salinas.

martes, 8 de julio de 2014

Retorno del amor en la noche triste.





Ven, amor mío, ven, en esta noche
sola y triste de Italia. Son tus hombros
fuertes y bellos los que necesito.
Son tus preciosos brazos, la largura
maciza de tus muslos y ese arranque
de pierna, esa compacta
línea que te rodea y te suspende,
dichoso mar, abierta playa mía.
¿Cómo decirte, amor, en esta noche
solitaria de Génova, escuchando
el corazón azul del oleaje,
que eres tú la que vienes por la espuma?
Bésame, amor, en esta noche triste.
Te diré las palabras que mis labios,
de tanto amor, mi amor, no se atrevieron.
Amor mío, amor mío, es tu cabeza
de oro tendido junto a mí, su ardiente
bosque largo de otoño quien me escucha.
Óyeme, que te llamo. Vida mía,
sí, vida mía, vida mía sola.

¿De quién más, de quién más si solamente
puedo ser yo quien cante a tus oídos:
vida, vida, mi vida, vida mía?
¿Qué soy sin ti, mi amor? Dime que fuera
sin ese fuerte y dulce muro blando
que me da luz cuando me da la sombra,
sueño, cuando se escapa de mis ojos.
Yo no puedo dormir. ¡Cuántas auroras,
oscuras, braceando en las tinieblas,
sin encontrarte, amor! ¡Cuántos amargos
golpes de sal, sin ti, contra mi boca!
¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Dime, amor mío.
¿Me escuchas? ¿No me sientes
llegar como una lágrima llamándote,
por encima del mar, en esta noche?




Rafael Alberti.

lunes, 7 de julio de 2014

A C. A. Debussy.





Sonidos y perfumes, Claudio Aquiles,
giran al aire de la noche hermosa.
Tú sabes dónde yerra un son de rosa,
una fragancia rara de añafiles

con sordina, de crótalos sutiles
y luna de guitarras. Perezosa
tu orquesta, mariposa a mariposa,
hasta noventa te abren sus atriles.

Iberia, Andalucía, España en sueños,
lentas Granadas, frágiles Sevillas,
Giraldas tres por ocho, altas Comares.

Y metales en flor, celestes leños
elevan al nivel de las mejillas
lágrimas de claveles y azahares.



Gerardo Diego.

viernes, 4 de julio de 2014

Segadores.




1


Alto es el trigal;
dorada la espiga
cerca de la mar.


Alta es la montaña.
Cerca de las nieves
más abajo es el trigo,
la espiga más verde.


Floreciendo está
arriba y abajo
la carne del pan.


¡Pronto, pronto, segador:
levántate y siega,
que más lucen los trigos
sobre las eras!


2


Ya se acerca el sol.
La espiga madura
se inclina a su ardor.


¡Corten las cuchillas
sus dorados tallos


antes que las aguas
descubran sus granos!


¡Ya viene el sudor!
¡Ya brilla en la frente
del buen labrador!


¡Pronto, pronto, segador,
levántate y siega,
que más lucen los trigos
sobre las eras!


3


¡Que las segadoras
corten más deprisa
el trigo en su aurora!


¡Ya anuncian las parvas
la buena cosecha!
El trigo en montones
cantan por las eras.


Pronto, a recogerlo,
que el campo es peligroso
para el trigo seco.


¡Pronto, pronto segador,
levántate y siega


más lucirán los trigos
sobre las eras!


4


Cante el labrador.
Cante al mediodía
cuando quema el sol.


Cante a la alborada
el trigo en rocío.
Cante a media noche
el trigal dormido.


Cante el labrador
y encienda el trabajo
la flor del sudor.


¡Pronto, pronto segador,
levántate y siega
que más lucen los trigos
sobre las eras!


5


Entre las alambradas
florece el trigo.
-Preso el trigo está:
¿quién lo salvará?




-Como un mar, madre,
como el mar se mece
entre las alambradas
que mal lo prenden.


-Quién sembró la tierra
lejos de ella está.
-¡Corran las espigas
por irlo a buscar!


-Ay, madre, las espigas
¡cómo me duelen!
que entre espinas y llantos
sus granos crecen.


-Quién sembró la tierra
lejos de mi cuerpo-
-Ay, madre, entre alambradas
los trigos presos.


-Quién sembró mi cuerpo
lejos y en la guerra.
¡Cómo cerdean los trigos
sobre las eras!


-Madura el trigo solo,
yo abandonada.
(Sobre el trigo y mi cuerpo
las nubes altas).
Entre las alambradas
florece el trigo.
-Preso el trigo está:
¿quién lo salvará?


-A segar voy, madre,
las azucenas.
A segar las espigas
de mi tristeza.


-A segar voy, madre,
la blanca espiga.
(Lo que el amante siempre
coge la niña.)


-A la guerra se marchan
mis pensamientos,
pero quedan mis brazos
junto a mi pecho.


-Madre, mis azucenas
tengo cuajadas.
(Lo que el amante deja
la niña halla.)


-A segar voy, amante,
lo que tú siembras.
(Sobre los montes altos
el cañón suena.)
Entre las alambradas
florece el trigo...
Preso el trigo está:
¿quién lo salvará?


Emilio Prados.

jueves, 3 de julio de 2014

La voz a ti debida, versos 2047-88




A ti solo se llega por ti. 
Te espero.
Yo sí que sé dónde estoy,
mi ciudad, la calle, el nombre
por el que todos me llaman. 
Pero no sé donde estuve contigo.
Allí me llevaste tú. 
¿Cómo iba a aprender el camino
si yo no miraba a nada
más que a ti,
si el camino era tu andar y el final
fue cuando tú te paraste?
¿Qué más podía haber ya
que tú ofrecida, mirándome?
Pero ahora, 
¡qué desterrado, qué ausente
es estar donde uno está!
Espero, pasan los trenes, 
los azares, las miradas.
Me llevarían adonde
nunca he estado.
 Pero yo no quiero los cielos nuevos.
Yo quiero estar donde estuve.
Contigo, volver. 
¡Qué novedad tan inmensa
eso, volver otra vez,
repetir lo nunca igual
de aquel asombro infinito!
Y mientras no vengas tú
yo me quedaré en la orilla
de los vuelos, de los sueños,
de las estelas, inmóvil.
Porque sé que adonde estuve
ni alas, ni ruedas, ni velas lleva.
Todas van extraviadas.
Porque sé que adonde estuve sólo 
se va contigo,
por ti. 

Pedro Salinas.

miércoles, 2 de julio de 2014

Aquel sosiego.



¡Aquel sosiego! ¡
Todo sin premura
y libre en sus quietudes del cuidado
y del afán; el cuerpo bien hallado
y el alma, ya radiante de ventura,

suspensa en sí y meciéndose en la altura
de un momento de gloria bien logrado!
Así viví ese instante, ya pasado,
que me prendió en la luz de su hermosura.

¡Aquel sosiego!
Un punto que fulgura en mi existir 
brumoso y abrumado.

Lo demás es delirio, calentura,
dolor, fatiga, amor, horror, forzado
contender, y este huelgo, sin holgura,
con que respiro el aire que he aspirado.



Juan José Domenchina.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...