miércoles, 9 de octubre de 2013

Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo.


Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo,
Nacida ya para el marero oficio;
Ser graciosa y morena tu ejercicio
Y tu virtud más ejemplar ser cielo.

¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,
Dando del viento claro un negro indicio,
Enmienda de marfil y de artificio
Ser de tu capilar borrasca anhelo.

No tienes más que hacer que ser hermosa,
Ni tengo más festejo que mirarte,
Alrededor girando de tu esfera.

Satélite de ti, no hago otra cosa,
Si no es una labor de recordarte.
-¡Date presa de amor, mi carcelera!








martes, 8 de octubre de 2013

A un río le llaman Carlos.



Yo me senté en la orilla; 
quería preguntarte, preguntarme tu secreto; 
convencerme de que los ríos resbalan 
hacia un anhelo y viven; 
y que cada uno nace y muere distinto 
(lo mismo que a ti te llaman Carlos).

Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte 
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives. 
Dímelo, río, 
y dime, di, por qué te llaman Carlos.

Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras 
(genero, especie...) 
y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»; 
qué instante era tu instante
cuál de tus mil reflejos, tú; reflejo absoluto 
yo quería indagar el último recinto de tu vida 
tu unicidad, esa alma de agua única, 
por la que te conocen por Carlos.

Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, 
que fluye entre edificios nobles, 
a Minerva sagrados y entre hangares 
que anuncios y consignas coronan. 
Y el río fluye y fluye, indiferente. 
A veces, suburbana, verde, una sonrisilla 
de hierba se distiende, pegada a la ribera. 
Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada 
del invierno para pensar por qué los ríos 
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris. 
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.

Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente 
y no escuchabas a tu amante extático 
que te miraba preguntándote 
como miramos a nuestra primera enamorada 
para saber si le fluye un alma por los ojos, 
y si en su sima el mundo será todo luz blanca 
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa. 
Así te preguntaba: como le preguntamos a 
Dios en la sombra de los quince años, 
entre fiebres oscuras y los días -qué verano- tan lentos. 
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida 
y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.

Yo no sé por qué me he puesto tan triste, 
contemplando el fluir de este río...
Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora. 
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora. 
Pero sé que la tristeza es gris y fluye. 
Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
Todo lo que fluye es lágrimas. 
Todo lo que fluye es tristeza, 
y no sabemos de dónde viene la tristeza. 
Como yo no sé quién te llora, río Carlos, 
como yo no sé por qué eres una tristeza 
ni por qué te llaman Carlos.

Era bien de mañana cuando yo me he sentado 
a contemplar el misterio fluyente de este río, 
y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote. 
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios; 
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste: 
¿qué buscan los ríos?  ¿qué es un río? 
Dime, dime qué eres, qué buscas, 
río, y por qué te llaman Carlos.

Y ahora me fluye dentro una tristeza, 
un río de tristeza gris, 
con lentos puentes grises, 
como estructuras funerales grises. 
Tengo frío en el alma y en los pies. 
Y el sol se pone. 
Ha debido pasar mucho tiempo. 
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, 
minutos, siglos, eras. 
Ha debido pasar toda la pena del mundo, 
como un tiempo lentísimo. 
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, 
como un río indiferente. 
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, 
mucho tiempo 
desde que yo me senté aquí en la orilla, 
a orillas de esta tristeza, de este 
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.

Dámaso Alonso.

lunes, 7 de octubre de 2013

Los jardines del poeta.




A Juan Ramón Jiménez.


El poeta es jardinero. En sus jardines 
corre sutil la brisa 
con livianos acordes de violines, 
llanto de ruiseñores, 
ecos de voz lejana y clara risa 
de jóvenes amantes habladores. 
Y otros jardines tiene. Allí la fuente 
le dice: Te conozco y te esperaba. 
Y él, al verse en la onda transparente: 
¡Apenas soy aquel que ayer soñaba! 
Y otros jardines tiene. Los jazmines 
añoran ya verbenas del estío, 
y son liras de aroma estos jardines, 
dulces liras que tañe el viento frío. 
Y van pasando solitarias horas, 
y ya las fuentes, a la luna llena, 
suspiran en los mármoles, cantoras, 
y en todo el aire sólo el agua suena.

Antonio Machado.

viernes, 4 de octubre de 2013

Sueño infantil.


Una clara noche 
de fiesta y de luna, 
noche de mis sueños, 
noche de alegría 

¿era luz mi alma 
que hoy es bruma toda, 
no eran mis cabellos 
negros todavía?, 

el hada más joven 
me llevó en sus brazos 
a la alegre fiesta 
que en la plaza ardía. 

So el chisporroteo 
de las luminarias, 
amor sus madejas 
de danzas tejía. 

Y en aquella noche 
de fiesta y de luna, 
noche de mis sueños, 
noche de alegría, 

el hada más joven 
besaba mi frente... 
con su linda mano 
su adiós me decía... 

Todos los rosales 
daban sus aromas, 
todos los amores 
amor entreabría.





                                        




jueves, 3 de octubre de 2013

Mañana. La palabra iba suelta.


"Mañana". La palabra
Iba suelta, vacante,
Ingrávida, en el aire,
Tan sin alma y sin cuerpo,
Tan sin color ni beso,
Que la dejé pasar
Por mi lado, en mi hoy.
Pero de pronto tú
Dijiste: "Yo, mañana"
Y todo se pobló
De carne y de banderas.
Se me precipitaban
Encima las promesas
De seiscientos colores,
Con vestidos de moda,
Desnudas, pero todas
Cargadas de caricias.
En trenes o en gacelas
Me llegaban -agudas,
Sones de violines-
Esperanzas delgadas
De bocas virginales.
O veloces y grandes
Como buques, de lejos,
Como ballenas
Desde mares distantes,
Inmensas esperanzas
De un amor sin final.
¡Mañana! Qué palabra
Toda vibrante, tensa
De alma y carne rosada,
Cuerda del arco donde
Tú pusiste, agudísima,
Arma de veinte años,
La flecha más segura
Cuando dijiste: "Yo".

Pedro Salinas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El niño yuntero.


Carne de yugo, ha nacido
Más humillado que bello,
Con el cuello perseguido
Por el yugo para el cuello.

Nace, como las herramientas,
A los golpes destinado,
De una tierra descontenta
Y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
De vacas, trae a la vida
Un alma color de olivo
Vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
A morir de punta a punta
Levantando la corteza
De su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
La vida como una guerra,
Y a dar fatigosamente
En los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
Y ya sabe que el sudor
Es una corona grave
De sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
Masculinamente serio,
Se unge de lluvia y se alhaja
De carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
Y a fuerza de sol, bruñido,
Con una ambición de muerte
Despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
Más raíz, menos criatura,
Que escucha bajo sus pies
La voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
En la tierra lentamente
Para que la tierra inunde
De paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
Como una grandiosa espina,
Y su vivir ceniciento
Resuelve mi alma de encina.

Le veo arar los rastrojos,
Y devorar un mendrugo,
Y declarar con los ojos
Que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
Y su vida en la garganta,
Y sufro viendo el barbecho
Tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
Menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
Verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
De los hombres jornaleros,
Que antes de ser hombres
Han sido niños yunteros.





martes, 1 de octubre de 2013

Lo sueños.



 El hada más hermosa ha sonreído 
al ver la lumbre de una estrella pálida, 
que en hilo suave, blanco y silencioso 
se enrosca al huso de su rubia hermana.

 Y vuelve a sonreír porque en su rueca 
el hilo de los campos se enmaraña. 
Tras la tenue cortina de la alcoba 
está el jardín envuelto en luz dorada.

 La cuna, casi en sombra. 
El niño duerme. 
Dos hadas laboriosas lo acompañan, 
hilando de los sueños los sutiles 
copos en ruecas de marfil y plata.








  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...