jueves, 1 de agosto de 2013

Verde, que te quiero verde.


Verde, que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
Y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
Ella sueña en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
Con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,
Las cosas la están mirando
Y ella no puede mirarlas.

Verde, que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha
Vienen con el pez de sombra
Que abre el camino del alba.

La higuera frota su viento
Con la lija de sus ramas,
Y el monte, gato garduño,
Eriza sus pitas agrias.
Pero, ¿quién vendrá? ¿Y por dónde?
Ella sigue en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
Sonando en la mar amarga.

-Compadre, quiero cambiar
Mi caballo por su casa,
Mi montaña por su espejo,
Mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
Desde los puertos de Cabra.

-Si yo pudiera, mocito,
Este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo
Ni mi casa es ya mi casa.
-Compadre, quiero morir
Decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
Con las sábanas de Holanda.

¿No ves la herida que tengo
Desde el pecho a la garganta?
-Trescientas rosas morenas
Lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
Alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo,
Ni mi casa es ya mi casa.
-Dejadme subir al menos
Hasta las altas barandas,
¡Dejadme subir!, dejadme,
Hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
Por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres
Hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
Farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
Herían la madrugada.

Verde, que te quiero verde,
Verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
En la boca un raro gusto
De hiel, de menta y de albahaca.

-¡Compadre! ¿Dónde está, dime,
Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
Cara fresca, negro pelo,
En esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
Se mecía la gitana.

Verde carne, pelo verde,
Con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
La sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
Como una pequeña plaza.

Guardias civiles borrachos
En la puerta golpeaban.
Verde, que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.







miércoles, 31 de julio de 2013

Andando.


Andando, andando.
Que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando.

Andando.
Dejad atrás los caballos,
que yo quiero llegar tardando
(andando, andando)
dar mi alma a cada grano
de la tierra que voy rozando.

Andando, andando.
¡Qué dulce entrada en mi campo,
noche inmensa que vas bajando!

Andando.
Mi corazón ya es remanso;
ya soy lo que me está esperando
(andando, andando)
y mi pie parece, cálido,
que me va el corazón besando.

Andando, andando.
¡Que quiero ver el fiel llanto
del camino que voy dejando!









martes, 30 de julio de 2013

Renacimiento.


Galerías del alma, ¡el alma niña!
Su clara luz risueña;
Y la pequeña historia,
Y la alegría de la vida nueva...

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
Ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano,
Aquel latido de la mano buena
De nuestra madre... Y caminar en sueños
Por amor de la mano que nos lleva.

En nuestras almas todo
Por misteriosa mano se gobierna.
Incomprensibles, mudas,
Nada sabemos de las almas nuestras.

Las más hondas palabras
Del sabio nos enseñan,
Lo que el silbar del viento cuando sopla,
O el sonar de las aguas cuando ruedan.






lunes, 29 de julio de 2013

Me basta así.



Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando  -luego-  callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.


Ángel González Muñiz.

viernes, 26 de julio de 2013

Soñé que tú me llevabas.



Soñé que tú me llevabas
Por una blanca vereda,
En medio del campo verde,
Hacia el azul de las sierras,
Hacia los montes azules,
Una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
Tu mano de compañera,
Tu voz de niña en mi oído
Como una campana nueva,
Como una campana virgen
De un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,
En sueño, tan verdaderas!

Vive, esperanza, ¡quién sabe
Lo que se traga la tierra!





jueves, 25 de julio de 2013

Las lágrimas.


 Las lágrimas son el vino de los ángeles.


                                                                                                                      SanBernardo

Un día el hombre vio llorar al ángel.
Algo había pasado en los espacios,
algo muy tierno o algo muy terrible,
y el hombre contemplaba conmovido
la alada criatura en su congoja.

Vio en su rostro encendido por la gracia
una expresión tan honda, vio en sus rasgos
abrirse tales muestras de tristezas
y pasar por su frente tales nubes
de inmensos infortunios, que prendado
quedóse allí mirando la nobleza
de aquel dolor.

 El ángel suspiraba
cual si en sí mismo un mundo más potente
diera un extraño impulso a su amplio pecho.

Llevábase las manos tan hermosas
a su faz dolorida, y el trastorno
daba a su cabellera un indolente
sabor de adversidad. 

Cuando en sus ojos
comenzaron con lívidos fulgores
a cuajarse unas aguas con destellos
de sobrenaturales inclemencias,
el hombre se sintió sobrecogido
y allá en su corazón algo ignorado
fluyó a su vez; caían sobre el ángel
unas lágrimas densas, arrastrando
no se sabe qué peso delicioso,
y cada vez que abría sus pupilas
hacia el vaso horizonte le manaba
aquel triste caudal. ¡Ay!, dijo el hombre,
¿qué goce extraño es ése o desvarío
que siento remontar en mis entrañas,
qué turbadora imagen comunica
a mi ser un dolor irresistible?
Y cuando con dulzura abandonado
lloró también gimiendo amargamente,
una sal en los labios le vertían
las luces de sus ojos.




Juan Gil-Albert.

miércoles, 24 de julio de 2013

Las sendas que me obligo a recorrer por ti.



Las sendas que me obligo
A recorrer por ti,
No las borra la vida,
Y en vez de flores, una venda,
Dura como una máscara,
Va dividiendo el campo.

Quisiera haber nacido junto a ti,
Vivir de rama en rama, sin caminos,
Pero veo la distancia, el no alcanzarte
Y peregrina el corazón pisando rosas
Y llega al tuyo cuando sueña
Dentro de una ciudad donde aplastado
Quedó el verdor, la risa, las colmenas.

En ellas se enredaron los caminos
Y la tierra ofendida quedamente
Lanza leves suspiros, sus jardines;
Sus torres que desprecios a la brisa
Hacen inmóviles
Voces de bronce dan
Para anunciar las nuevas tumbas.

Yo sé por qué la tierra enfurecida
A veces tiembla y rompe las ciudades:
Alguien responde al llanto de las yerbas
Que no pueden nacer bajo las losas.

Las pisadas del hombre van dejando
Su estéril huella, firme que divide
Con una seca herida el prado verde
Y más endurecido y seco implora
Sostén a sus pisadas, que se calle
El color, que no pronuncie
En tallos de alegría
Su gesto el campo;
Mas impasible quiere su dominio,
Con mármol sueña lapidar llanuras.

No así mi amor, tu mundo, otro planeta,
La flor intacta con ocultos ríos:
Por sus venas iré sin ser notado,
Soy de tu corazón dócil corriente.






  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...