jueves, 18 de octubre de 2012


En El Alto Castillo, La Serena 


En el alto castillo, la serena
tarde ponía su misterioso brillo
y la rosada carne del ladrillo
se tornaba de luz sobre la almena.

El silencio contigo; la voz plena
del suave mar, abajo, y el sencillo
juguetear del claro vientecillo
con mi trémula mano en tu melena.

Los árboles oscuros al Poniente
rumoreaban plácidas canciones.
El tiempo se dormía, abandonado.

Y bajaba la noche, indiferente,
con un prodigio de constelaciones
sobre mi corazón enamorado.


miércoles, 17 de octubre de 2012


Sonetos a Sibila


Ya aguardan en el álbum de la puerta
el blanco delantal, la cofia blanca
 - al flanco, el escorzado corzo, abierta
el ala de tu nombre sobre el anca -,

y Amor, ágil remero de mis brazos
a cuya sed son tus rodillas fuente,
remonta, en curva de impalpables trazos,
de tres en tres peldaños, la corriente.

Confía el tiempo su vellón de estrellas
al resbalar dormido de tus manos
 - nebulosa de olor, gravita en ellas
un girar de praderas y manzanos -,

y tu retrato inventa en mi cartera
la geometría de la primavera.

Tu aliento en ancha pleamar resbala
hacia el puerto desnudo de mi pecho,
y mis deseos de una sola ala
ametrallan mi insomnio, desde el techo.

Mírame aquí, frente a la primavera,
frente a tu amor, mudando voz y pluma,
haciendo de mi verso enredadera
en que es blanca la flor, verde la espuma.

El ecuador que mis riñones ciñe
como un ojo en espanto se dilata,
y el fresco zumo de mis sueños tiñe
las yemas de tus dedos de escarlata.

Mientras mi labio sorbe tu secreto
en la constelación del alfabeto.

En tanto que tu cielo en flor repasa
su lección de solfeo cada día
tu recuerdo, acuñado en grácil asa,
en mi trémula palma se extravía.

Buscando en tu mejilla el mejor fruto,
su vuelo ensaya mi latido mozo
sobre este lecho en prematuro luto
que, sin ti, desnivela mi sollozo.

Ya de esperar, ya de excavar en vano
vacías hornacinas de desvelo,
desfallecen mis ojos y mi mano
mientras riega mi voz el terciopelo.

Del eco, en el verdor de cuya axila
mi sed hacia tu labio se encarrila.

Vuelvo a encontrar tu infancia en la sortija
que tus dedos acercan a mi labio
y a cuyo roce afino como en lija,
la yema del recuerdo, en tacto sabio.

Peces de celuloide, en mi memoria
sobrenadan, de pronto, confundidos,
el pie descalzo, la jaculatoria,
el trompo, el mar, los árboles con nidos.

El Ángel de la Guarda  -azul niñera
de alas encañonadas -, la dormida
sonrisa con que flota en la bañera
el alma, piedra pómez no sentida.

Y, rigiendo mis pasos, ignoradas
todavía, tu voz y tus miradas.


Desnuda, aquí, en mis manos, y tan tierna
como un trozo de cielo entre tejados,
sonríe mi esperanza que gobierna
el sesgo de la suerte y de sus dados.

Su dedo rosa enseña a hablar al mapa
y tiene en equilibrio mi secreto
mientras profunda y lentamente empapa
del color de tus ojos mi esqueleto.

Ahora que hace girar contrariamente
la aguja que registra mis sollozos,
en su carne mi muslo zumbar siente
un ágil brinco de deseos mozos,

Y vuelve, en torno a tu cintura, el brazo
a hallar la exacta curva del abrazo.

¡Cómo en mi cinto pesas, oro mío
de amor que haces anillo de la vida
en torno a esta columna de vacío
donde jadea mi ansia desvalida!

Del sueño en los avaros anaqueles
 -confusas luces sobre vidrios tristes -
se alinea, vendimia de troqueles,
la inagotable piel con que me viste.

Así hoy, mañana, eternamente. Apenas
la mano en que hace nido el pensamiento
al numerado pulso de tus venas
consigue acompasar su movimiento:

que cuanto más y más tu entraña apura,
más rica de tu abrazo es mi cintura.


José Maria Quiroga Plá.

lunes, 15 de octubre de 2012


Dame tu libertad...

Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga,
no, ni tus hojas secas,
tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
no desde tu cansancio
de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
igual que un viento universal,
un olor de maderas
remotas de tus muebles,
una bandada de visiones
que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad
cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
blancos, limpios y agudos como dientes,
me das el tiempo en que tú la gozabas.
Quiero sentirla como siente el agua
del puerto, pensativa,
en las quillas inmóviles
el alta mar. La turbulencia sacra.
Sentirla,
vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa,
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
con un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.

jueves, 11 de octubre de 2012


Alma ausente



No te conoce el toro ni la higuera, 
ni caballos ni hormigas de tu casa. 
No te conoce tu recuerdo mudo 
porque te has muerto para siempre. 



No te conoce el lomo de la piedra, 
ni el raso negro donde te destrozas. 
No te conoce tu recuerdo mudo 
porque te has muerto para siempre. 



El otoño vendrá con caracolas, 
uva de niebla y montes agrupados, 
pero nadie querrá mirar tus ojos 
porque te has muerto para siempre. 



Porque te has muerto para siempre, 
como todos los muertos de la Tierra, 
como todos los muertos que se olvidan 
en un montón de perros apagados. 



No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. 
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia. 
La madurez insigne de tu conocimiento. 
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca. 



La tristeza que tuvo tu valiente alegría. 
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, 
un andaluz tan claro, tan rico de aventura. 
Yo canto su elegancia con palabras que gimen 
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

miércoles, 10 de octubre de 2012


TELEGRAMA


En el parque, otoño, medio día. Punto.
Bajo los árboles de hojas dobles, verdes para el ayer,                                                      
de oro para el segundo del presente,
dos jóvenes sentados en un banco,
se miran a los ojos. Punto. Como antes de ayer,
como ayer, como hoy, como siempre. Punto.
Él la coge fuertemente por las manos
y pretende besarla. Ella se ríe.
Punto. Quizás. Puntos suspensivos. El Paraíso.
Pero ellos no saben que tienen un puñado
de monedas de oro entre las manos
que los gnomos del parque les roban una a una.
Que luego, con las manos vacías se quedarían, sin juegos
y sin parque, sin besos, sin otoño.
Igual que yo ahora paseando
por las veredas últimas de la vida.
Punto. Abrazos.

martes, 9 de octubre de 2012


Poema 06... Te recuerdo como eras en el último otoño...


Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


Pablo Neruda.

lunes, 8 de octubre de 2012


Edad roja

                                                                        A Àlex Susanna

Tanto tiempo has tardado en aprender
que llegas tarde al gran amor:
Que nunca habrás vivido una edad de oro.
Las rosas de Ronsard
nunca serán perfume en tu mirada,
ningún otoño habrá de deshojar,
en los brazos de nadie, lentos pétalos.
Con el olvido tapas los espejos
igual que acostumbraban en las casas
donde había un difunto.
No vuelven las mujeres con las cuales
cambiabas años de tu soledad
por un fugaz momento de ternura.
Tan ardiente es la vida en el otoño,
que en las horas de angustia no podrás
amar ni a la mujer que ya has perdido.

  Noche inicial Cerrada. Campo desnudo.  Sola la noche inerme.  El viento insinúa latidos sordos contra sus lienzos. La sombra a plomo ciñe ...