Es el más pequeño de todos, el último.
Pero no le digáis nada; dejadle que juegue.
Es más chico que los demás, y es un niño callado.
Al balón apenas si puede darle con su bota pequeña.
Juega un rato y luego pronto le olvidan.
Todos pasan gritando, sofocados,
enormes, y casi nunca le ven.
El golpea una vez, y después de mucho rato otra vez,
y los otros se afanan, brincan, lucen, vocean.
La masa inmensa de los muchachos, agolpada, rojiza.
Y pálidamente el niño chico los mira
y mete diminuto su pie pequeño,
y al balón no lo toca. Y se retira. Y los ve.
Son jadeantes, son desprendidos quizá de arriba,
de una montaña, son quizá un montón de roquedos
que llegó ruidosísimo de allá, de la cumbre.
Y desde el quieto valle, desde el margen del río
el niño chico no los contempla.
Ve la montaña lejana. Los picachos, el cántico de los vientos.
Y cierra los ojos, y oye el enorme resonar de sus propios pasos
gigantes por las rocas bravias.
Vicente Aleixandre.
miércoles, 19 de junio de 2019
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