
Frenética en su cólera
como rama de invierno
dibujaba en la niebla
su esqueleto de nervios,
desnuda de su sangre,
socavada de huesos;
no era mujer,
que era cabellera en incendio,
hecha ceniza
antes de gozar en el fuego.
Ira grande, tormenta,
arañando en el cielo.
Manuel Altolaguirre.