
Eres tan estupendamente hermosa
que el pasmo que suscitas
quiebra en añicos las palabras
y suspende el aliento.
Al mirarte -que es más que desearte-,
se siente más que furia,
más que amor inmediato.
Todo hirsuto y tirante,
en galope de fiebre y de delirio,
el hombre va hacia ti para anegarse
en tu sangre que abrasa
y en tu alma, que quema.
No, no eres, no, unas ingles y unos senos
que piden amorosas caricias
lentas a lo largo de la noche…
Exiges -porque estás al rojo vivo
bajo tu pérfida blancura estallante-
la vida toda del hombre que te llega
sangrientamente a las entrañas.
Juan José Domenchina.