
Y súbita, de pronto,
porque sí, la alegría.
Sola, porque ella quiso, vino.
Tan vertical, tan gracia inesperada,
tan dádiva caída,
que no puedo creer que sea para mí.
Miro a mi alrededor, busco.
¿De quién sería?
¿Será de aquella isla escapada del mapa,
que pasó por mi lado vestida de muchacha,
con espumas al cuello, traje verde
y un gran salpicar de aventuras?
¿No se le habrá caído a un tres,
a un nueve, a un cinco
de este agosto que empieza?
¿O es la que vi temblar detrás de la esperanza,
al fondo de una voz que me decía: -No-?
Pero no importa, ya.
Conmigo está, me arrastra.
Me arranca del dudar.
Se sonríe, posible; toma forma de besos,
de brazos, hacia mí; pone cara de mía.
Me iré, me iré con ella a amarnos,
a vivir temblando de futuro,
a sentirla de prisa, segundos,
siglos, siempres, nadas.
Y la querré tanto, que cuando llegue alguien
-y no se le verá,
no se le han de sentir los pasos- a pedírmela
-es su dueño... era suya-,
ella, cuando la lleven,
dócil, a su destino, volverá la cabeza mirándome.
Y veré que ahora sí es mía, ya.
Pedro Salinas.